lunes, 30 de octubre de 2017

Nadie te creerá





Vestidos de negro todos lloraban a mi alrededor y yo no sabía quién era el muerto.

Una fina lluvia envolvía el camposanto y una multitud de paraguas se apresuró a cubrirlo todo. Busqué con la mirada al que debía de ser mi marido pero no lo encontré y una sensación de ahogo me atenazó la garganta. No lograba acordarme de mi nombre pero, minutos antes, había descubierto la foto de un hombre en el bolsillo interno de la chaqueta. Además, llevaba una alianza de oro en el dedo y nadie me estaba sosteniendo por un brazo como se suele hacer con las viudas. Me di cuenta de que entre todos los presentes tan solo reconocía al cura y eso porque vestía sotana y llevaba sombrero negro.

Me sentía como si hubiera venido al mundo en ese cementerio y en ese instante, consciente de lo qué es la vida pero sin haberla vivido.

Por momentos me llegaban a la mente imágenes oscuras iluminadas tan solo por los faros de un coche que yo misma iba conduciendo: pinos retorcidos en una carretera llena de curvas y mal asfaltada. Llevaba puesto un vestido rojo tan apretado que me quitaba el aliento, pero, por lo visto, no importaba demasiado porque iba tarareando el estribillo de una canción que estaba emitiendo la emisora de radio. A mi lado, las lentejuelas de un bolso producían destellos luminosos que distraían mi atención. A un cierto punto, la calzada desapareció y los faros alumbraron las copas de los árboles. A partir de ese instante, el enfoque ya no era el mismo y podía ver mi cabeza dar golpes contra el techo, como en una película. Recordaba rabia, miedo, soledad e impotencia, pero no conseguía sentir esas emociones en la piel. La oscuridad, el silencio y el vacío que siguieron a esa escena, más que asustar, me inquietaban.


Noté una mano que tiraba de mi brazo y me giré.

Bajo el amparo de un paraguas, un hombre elegante me animó para que hablara con mi cuñada. Le observé durante unos segundos, pero por mucho que me esforzara no lograba ubicar su cara.

El desconocido me cedió el paraguas con una inclinación de cabeza. Es curioso, pero hasta ese momento no me había dado cuenta de que la lluvia no me estaba mojando, no había notado que me encontraba bajo el mismo cobijo del hombre que tenía detrás. Hubiera querido preguntar quién era mi cuñada, pero no lo hice.

Me acerqué al féretro intentando ganar tiempo. Había una mujer que parecía más apenada que las demás y me dirigí hacia ella. A su lado, sin saber hacia dónde mirar, tres niños de edades similares se cogían de la mano.

—Te acompaño en el sentimiento… —dije, pero sin pronunciar su nombre.

La mujer se lanzó entre mis brazos y, por lo mucho que parecía sufrir, deduje que en el féretro yacía su marido.

—Era un buen hombre —comenté—, y te quería.

Me quedé ahí, al lado de una desconocida desecha en lágrimas, sin dejar de preguntarme si el muerto podría ser mi hermano.

Si en esos momentos hubiera sospechado lo que iba a suceder me habría ido de allí en silencio. Pero tampoco lo hice.


El cura dijo unas palabras y el ataúd quedó cubierto de tierra. Poco a poco la gente se dirigió hacia sus coches y solo quedábamos unos pocos allegados.

El hombre elegante se acercó a nosotras y nos cogió por el brazo.

Entramos en un coche, ellos dos delante y yo detrás con los niños que no paraban de subir y bajar las ventanillas.

—¡Estaros quietos de una vez, en respeto a vuestra madre! —dijo él, y aprovechó el momento para mirarme.

Me sentía perdida porque no sabía si ese hombre era mi marido, mi cuñado, mi hermano o un amigo de familia pero no me atreví a preguntar porque a nadie le extrañaba mi silencio. Todos me trataban como si yo fuera una niña que no acababa de entender y, en el fondo, no andaban equivocados.

—La verdad es que no me encuentro muy bien —comenté.

—Es normal —contestó él con dulzura— el medico dijo que tardarías en reponerte, que te cansarías fácilmente y que tendrías vacíos de memoria de vez en cuando. La muerte de Luis no te está ayudando demasiado

Mi cuñada, al oír las últimas palabras, rompió a llorar y el hombre le susurró que debía de ser fuerte y que él también echaría de menos a su hermano.

En ese momento descubrí que el muerto se llamaba Luis, que el hombre elegante era mi marido, y que mi hermano, si es que lo tenía, seguiría vivo.

Enfilamos una carretera de montaña rodeada de bosques tupidos hasta llegar a una casa de campo cuyas puertas se abrían a un hermoso jardín. Había gente charlando por todas partes y al vernos llegar, callaron.

Noté miradas furtivas posarse sobre mi persona y bajé la cabeza. Una anciana asomó por la puerta y se echó en los brazos de mi marido llamándole Diego. Le daba golpes en el pecho sin dejar de llorar mientras mi cuñada y yo entrabamos en casa.

Me sentí observada y eso me hervía la sangre. Daba la sensación de que toda esa gente supiese lo mío y que quisiese comprobar si yo era capaz de recomponer el puzle de mi vida.

Al ver abierta la puerta de un despacho, entré y me senté lejos de todos. Cerré los ojos e intenté dejarme llevar por el inconsciente, olvidar lo poco que sabía sobre mí para empezar de cero. Pero la tranquilidad duró poco tiempo porque una voz lacrimosa me obligó a volver a la realidad. Delante de mí estaba mi cuñada, la pobre me ofrecía una copa de vino que, según sus palabras, me podía reconfortar.

La mujer no dejaba de acariciar un objeto que traía apretado contra el pecho y, cuando dejé el vaso vacío sobre la mesa, se apresuró a enseñármelo. Era la foto de su boda con Luis.

—Parece mentira —dijo mientras indicaba a su marido— que una caída tan estúpida haya puesto fin a su vida. Le reconoces, ¿verdad?

Sonreí a mi cuñada y tras acariciarle el pelo me centré en la imagen: ella, bastante más joven, estaba radiante con su vestido blanco y él… él era el mismo hombre que sonreía desde la foto que yo llevaba en el bolsillo.

—Me imaginé que no lo recordarías, por lo de tus vacíos de memoria —dijo ella con un tono de voz que me sonó algo frío. Luego se levantó y después de cerrar la puerta siguió hablando— ¡normal, efecto colateral de lo que te eché en la bebida la noche de tu accidente! Me lo dio una buena amiga, está un poco loca pero sabe lo que hace.

Levanté la cabeza y la miré. No podía creer lo que estaba oyendo.

—Sabes, querida —dijo entrecerrando los ojos— pensé que si iba a perder a Luis, tú tampoco lo tendrías. Lástima que las cosas no salieran bien, tras el accidente estuviste en coma mucho tiempo pero al final despertaste. Un fallo. Decidí entonces evitarle sufrimientos a Luis, ¡pobre, no le reconocías! Eso fue más fácil, un buen golpe a la escalera en la que estaba subido y se acabó.

Todo daba vueltas en mi cabeza. Aquello no podía ser verdad, debía de ser una pesadilla y decidí comprobarlo dándome un pellizco en la pierna. Mi cuñada se echó a reir después de comprobar que la puerta seguía cerrada.

—¿Has matado a tu marido? —logré preguntar mientras notaba que se me nublaba la vista.

— Si lo cuentas, nadie te creerá y, de todas formas, el brebaje de mi amiga, que te acabas de tomar con el vino, no tardará en hacer efecto.


Ahora todo es blanco a mi alrededor y mi vestido es del mismo color. Por la visto, el fatídico brebaje tampoco fue letal la segunda vez que lo tomé o a lo mejor es cierto aquello de que hierba mala nunca muere. La realidad es que sigo aquí. Cuando despierto, por la ventana del cuarto veo franjas de cielo separadas por barrotes y cuando intento salir, la puerta del cuarto está siempre cerrada. A veces Diego viene a visitarme y me sonríe aunque al irse nunca deja de preguntarme porqué estrangulé a mi cuñada.

Yo quisiera explicarle. Pero nunca lo hago.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Así es Córdoba





Ella levantó la vista de la pantalla encendida y la fijó en un punto de la pared esbozando al mismo tiempo una misteriosa sonrisa.

—¡Córdoba! —dijo y la silla giratoria dio media vuelta.

—¿Córdoba? —preguntó él desde el otro extremo del despacho. Inclinó la cabeza y su frente se llenó de arrugas— Preferiría un sitio más fresco, en esta época del año en Andalucía hace calor. ¿Por qué allí?

—No lo sé —respondió ella enseñando la palma de las manos—, presiento que es el sitio al que deberíamos de ir.


Hacía tiempo que los dos no realizaban un viaje, solos. Aun así les pareció natural llenar la misma maleta con ropa de verano y poner los cepillos de dientes en el mismo neceser.

El recorrido en coche fue largo. Los viñedos de Castilla dejaron paso a los olivares andaluces pero la charla se mantuvo fiel a sí misma durante todo el trayecto. El hijo ya no era tan niño, aun así ellos continuaban a preocuparse por él.

Cruzaron el Guadalquivir y, como tantos viajeros antes que ellos, quedaron atrapados en el embrujo andalusí. Sus inquietudes se vieron retenidas al otro lado del rio, el espíritu de Córdoba no las dejaba pasar.

Salieron del hotel y la flama de la noche, lenta y perseverante, se aprestó a deshacer la capa de polvo que cubre los corazones con el paso del tiempo, a finas capas letárgicas. Era el calor del membrillo, aquel que sube del río al final del verano y avanza envolviéndolo todo, aquel que nubla la mente y obliga a actuar por instinto.

Mano en la mano desafiaron las calles de la judería. La oleada de gente apremiaba a caminar más pegados, él la agarró por el hombro y ella a él por la cintura. Ajustaron el paso mecánicamente y vagaron sin rumbo por los recovecos de un mundo lejano que aún perdura en el tiempo.

Un vaso de vino en una taberna y una guitarra flamenca. Aroma de especias embriagándolo todo. Un cuarto de hotel, el silencio y un beso en el cuello.


Las manos de ella recorren el pecho de él. Los dedos de él desatan el vestido de ella que termina enredado en sus pies. Una ducha, un roce, un mordisco en la oreja y una boca que busca un camino olvidado.

Jadeos en la cama y dos cuerpos cabalgan, con ritmos distintos. Poco a poco se van deteniendo, ellos se miran y ríen. Él se tumba al lado de ella.

— No es fácil, la larga abstinencia es nuestro gran enemigo y el deseo tan ardiente ha precipitado el intento al fracaso.

Ella no contesta y apaga la luz, él le coge la mano.

—Como la primera vez —susurra él.

—Solo que entonces teníamos cuarenta años de menos.

—En Córdoba cuarenta años son un suspiro.

—En eso tienes razón —contesta ella y añade— además, una cama de hotel es mejor que la yerba de un parque.

—Y aquí no hay prisas, tenemos toda la noche —dice él girando su cuerpo desnudo para acercarse más a ella.

Risas, susurros y un sinfín de caricias. Ahora ella cabalga encima de él. Despacio, con movimientos sinuosos y tocando las notas correctas.

—Más bajo, a la derecha ¿recuerdas?

—Recuerdo.

Las manos de ella en los brazos de él, las piernas de él el respaldo de ella.

Llegaron al cielo a la vez y cayeron rendidos.


—Habrá que repetir.

—¿El viaje a Córdoba?

—El viaje al cielo—contesta él pasándole el brazo debajo del cuello. Deja pasar unos segundos y añade —esta tarde, cuando entraste en esa tienda, pedí un cigarro a un muchacho.

—Lo sé —dice ella— te vi. ¿has traído cerillas?

—Eso iba a decirte, ¡pensé en el cigarro pero no me acordé de que hay que encenderlo!

—Lo supuse y al verte pedir un cigarro compré unas cerillas —dijo ella cogiendo su bolso.


A oscuras, en una ventana se abre un resquicio, ella se sienta en las rodillas de él y pregunta:

—¿Entonces fumamos?

—hace cuarenta años cometimos pecado.

—Entonces pequemos de nuevo.


La mano de él enciende el cigarro. Ella observa el humo que asciende en volutas y el hombre sonríe, luego aspira y la boca de ella se pega a la de él. El humo atraviesa barreras de tiempo.

Ella le aparta riendo y asoma la cara hacia afuera, exhala pero el humo revoca hacia dentro. El calor del membrillo no lo deja salir.

martes, 20 de junio de 2017

El bar de Ernesto: Perros alfa





En la radio acababan de anunciar que el paro aumentaba a una velocidad exponencial. Intentaba recordar la forma de esa maldita curva cuando Paco entró por la puerta del bar con la cara descompuesta.

—Hola, Ernesto, ponme un tercio bien frío que el calor me ha dejado el cuerpo seco y se ha llevado hasta las burbujas —dijo tomando posición en su esquina habitual de la barra.

—¡A estas horas de la tarde ya debería de haber refrescado! —contesté mientras abría el botellín.

—¡Qué va! Parece un castigo divino como el que acabas de ponerme tú ¿No tienes nada mejor que pepinillos avinagrados o almendras deshidratadas?

—Lo siento, Paco, es que no soportaría que el local oliese a fritanga.

—¡Esa escusa no me vale, Ernesto! busca a alguien que te traiga algo ya preparado o cierra unas horas y búscalo tú así te dará un poco el aire o encontrarás a alguna chavalina que, con un poco de suerte, te haga tilin.

—¿Estás insinuando qué soy de los que pierden aceite?

—¡Me da igual si pierdes aceite o vinagre de Modena! No es asunto mió ¡pero búsca a alguien con quien compartir la vida, ¡por Dios, pareces una monja de clausura! —Paco bebió y tras refrescarse pareció tranquilizarse un poco— además, ahí, protegido tras la barra de mármol, da la sensación de que estés en otro mundo. Es como si nos vieras a todos desde el patio de un teatro, como si fuésemos actores de una comedia puesta en escena para ti. Decididamente, amigo...necesitas a alguien a ese lado de la barrera.

—¡De momento me basto yo solito! Y tú qué tanto hablas… ¿A qué estás esperando para tener el segundo?

—Luna quiere adoptar a un perro de la protectora, dice que ellos también necesitan un hogar.

—¡A eso se le llama salirse por la tangente, amigo! Yo hablaba de hijos.

Nuestra conversación despertó a un cliente que llevaba tiempo aletargado. Se escondía debajo de un viejo sombrero de tela que le daba un aire de explorador jubilado, las faldas del sombrero caían por los lados como hojas de una lechuga remojada.

—Hoy, en el descampado, he conocido a otro alfa —comentó al amigo que estaba sentado a su lado.

El hombre tardó en contestar. Su mirada se perdía entre las botellas de su horizonte visual y parecía que salir del estado catatónico en el que se encontraba sumido le fastidiaba bastante.

— ¿Quién era el alfa, el dueño o el perro? —preguntó tras un largo suspiro.

—El dueño —contestó el explorador sopesando el vaso como si no estuviese convencido de que su masa fuese la correcta—. El perro no era más que un chucho pulgoso como el mío. Pero, por lo visto, con pedigrí, aunque eso no le impidió oler el culo al Pecas, luego decidió montarlo.

— ¿Y el Pecas que hacía, a todo eso?

—Le dejó claro que era tan macho como él aunque un poco menos salido y sin tanta sangre real.

— ¿Y el dueño?

—Salió con lo de la pureza de la raza y como no le pareció excusa suficiente, sacó la gilipollez de los perros alfa.

— ¡Hay que joderse! —contestó el amigo mientras hacía extrañas contorsiones para acomodar su trasero en la banqueta que aun siendo generosa no dejaba de ser una banqueta —. ¡Llaman alfa a cualquier cosa!

El asunto parecía interesante y, como el silencio se prolongaba ya demasiado y la caja vacía amenazaba con instalarse de nuevo entre ellos, llené un cuenco de pepinillos y lo dejé rodar sobre la barra con una puntería perfecta. Frenó justo entre los botellines de los clientes.

—Mi perro también es alfa —dije con toda la ingenuidad de la que fui capaz.

—¡Nooo…! Ernesto, ¡tú no, por favor! —contestó el explorador levantando las manos para defenderse de palabras hirientes— ¡a ver si nos enteramos! ¡los perros alfa no existen!

—¡Pues el mío existe y me han asegurado que es alfa! —comentó una mujer que acababa de cerrar el portátil y nos miraba con aire desafiante.

De momento no creí que su intervención iba a animar la tertulia visto que me había pedido una tónica con una rodaja de pepino. Yo no tengo nada contra la tónica pero el pepino, mucho sabor no da.

—Verá, señorita —, contestó el contorsionista después de haber examinado a la joven de arriba a abajo—se ha demostrado de forma científica que el hombre no domesticó al perro para la caza. Hallazgos arqueológicos en enterramientos antiguos, han sacado a la luz que el perro convivía con el hombre desde antes de que este se dedicara a la agricultura y a la doma de animales.

—¡Me has dejao pasmao, Manuel! — apuntó en voz baja el explorador y se dirigió a mí—, parece que está leyendo un artículo del periódico.

La mujer se levantó y se acercó a nosotros con la copa entre las manos.
Avanzaba poniendo un pie delante del otro como si siguiera una línea imaginaria mientras mantenía la cabeza ligeramente ladeada. El movimiento de caderas resultante despertó del sopor a los demás parroquianos, quizás porque su caminar presagiaba un tremendo traspiés debido a la altura de los tacones que calzaba. Todos soltamos el aire que reteníamos en los pulmones cuando por fin alcanzó la barra y dejó la copa en lugar seguro.

—¡Póngame un poco más de pepino en la bebida, por favor!, no consigo sacarle esos matices de sabor de los que tanto hablan.

La cuestión era que la mujer no iba a notar matiz alguno aunque exprimiera en la bebida la cucurbitacea entera. Pero visto que el cliente siempre lleva razón, me las ingenié para cortar una lámina del vegetal en forma de espiral que, al menos, le diera un toque exótico.

—¡Esto es otra cosa! —exclamó ella abriendo esos maravillosos ojos negros y sonriendo a todos los presentes mientras mostraba el vaso en el aire.

—Cómo iba diciendo—continuó el improvisado paleontólogo —, el perro desciende del lobo y más exactamente del lobo gris. Por lo visto el ADN no miente. Son animales gregarios, que viven en manadas dominadas por machos y hembras alfa.

—¡No sabía qué también hubiese lobas dominantes!

—Sí, ¡Y más de las que usted cree! Pero volviendo al asunto de los lobos se ha aclarado que la palabra dominar significa liderar y no tiranizar, mucho menos imponer con la fuerza o con los malos modales.

—¡Este asunto se va poniendo cada vez más interesante! Nuestros políticos deberían de ver más documentales—comentó la mujer.

—¡Desde luego! Conocer y convivir con animales nos convierte en menos bestias de lo que somos. Llegaremos a ser una especie superior cuando sepamos organizarnos como lo hacen ellos.

—¡Tampoco es eso! ¡A saber que va a pensar la señorita de nosotros! —gritó Paco desde el otro lado de la barra.

—Veréis, pertenezco a un grupo de amigos de los perros, nos reunimos una vez al mes y el adiestrador nos da las pautas necesarias para convivir con ellos lo mejor posible. ¡Pero es un cabezota! No admite réplicas y a veces no estoy de acuerdo con él —contestó la joven y volviéndose luego hacia Manuel— decías sobre las lobas dominantes...

—Bueno, decía que los lobos alfa no van por ahí montando a sus semejantes para afianzar su liderazgo, son animales inteligentes y saben que liderar significa llevar por buen camino a la manada. Los hombres no lo tenemos tan claro y confundimos liderar con dominar y con montar. Como diría más de una... los hombres solo pensamos en una cosa.

—¡O sea que si un perro monta a otro, no es por liderazgo!—exclamó la mujer al tiempo que su larga melena cortaba el aire para volver a recaer exactamente en la posición inicial, pero hay que reconocer que, después de eso, algo había cambiado en el ambiente.

—Bueno, yo no sé lo que pasa por la cabeza de un perro ni lo que consigue ver desde allí abajo, pero lo que sí aseguró es que los lobos alfa no montan a sus semejantes para someterlos.

—Y luego está la segunda parte —intervino el explorador que se había mantenido callado hasta ese momento.

La mujer se giró a observarle, ocasión que aprovechó el experto en lobos para indicarme que le diera un vaso para beber de forma más civilizada.

—¿Segunda parte? ¡La que voy a liar este fin de semana!

—Veras, los lobos que decidieron acercarse al hombre en su momento, no lo hicieron por valentía y bravura sino para tener más posibilidades de sobrevivir. Es lógico pensar que no eran precisamente lobos alfa.

—Entiendo—dijo la mujer levantando las cejas— los perros descienden de lobos de segunda categoría, de lobos beta y, por tanto, los llamados perros alfa no son más que tuertos en un mundo de ciegos. ¡Cómo me gusta! Quiero ver la cara que pondrá el adiestrador cuando le cuente todo esto en la próxima reunión—decía mientras recogía su portátil y se encaminaba hacia la puerta —. Además, me habéis dado una alegría. Ahora tengo claro que mi perro no es un estúpido prepotente sino solamente un chucho más cachondo que los demás.

Se fue, dejando medio bar suspirando por su ausencia.

—¡Qué mujer! —comentó el explorador volviéndose a poner el sombrero.

—¡Y qué lo digas!, amigo —contesté y luego miré a Paco —, ¡qué no nos oiga Luna, por Dios! pero no me extraña que el perro de esa chica se tire todo lo que se le ponga por delante, lo anormal sería que no lo hiciera.

domingo, 11 de junio de 2017

Hablemos de humor 4




Los gestos son formas de expresión basadas en movimientos, actitudes y mímicas que no incluyen la palabra aunque pueden comprender chasquidos o sonidos guturales.

El investigador Albert Mehrabian descompuso en porcentajes un mensaje. Según sus estudios estadísticos, el 7% de un mensaje suele ser verbal, el 38% vocal (tono y matices) y un 55% está compuesto por señales y gestos. Según el investigador, el componente verbal se utiliza para comunicar información y el no verbal para comunicar estados de ánimo y actitudes personales.

El gesto es, por tanto, una manifestación corporal de un estado de ánimo, de una actitud, o el deseo de enfatizar una idea. Puede realizarse con distintas partes del cuerpo: la boca, las manos, las cejas, las piernas, los pies… y existe una manifestación en la postura corporal que involucra gestos de todo el cuerpo.


Los gestos pueden llegar a darnos una idea de la personalidad de un individuo. A ejemplo, y por aquello de estar al día, he aquí lo que expertos en lenguaje corporal comentan sobre el primer viaje oficial de Donald Trump al extranjero:
Trump fue visto empujando al primer ministro de Montenegro, Dusko Markovic, en el cuartel general de la OTAN en Italia para situarse delante de él, en primera fila, con alzamiento de barbilla y ajuste de pechera.

Según Judi James, experta en lenguaje corporal, ese gesto indica la lucha por estar al frente: ganar uno de los roles principales en el mundo no parece haber detenido su necesidad de reafirmar su poder alfa en cada ocasión. La gente tiende a disculparse o incluso explica sus acciones en una forma no verbal después de empujar a otro. A partir del lenguaje corporal de Trump tras el empujón se puede decir que él parece creer que el estatus de mandamás es su derecho.

El movimiento de agarrar y jalar y el apretón de manos con los nudillos blancos, marca registrada de Trump, han sido calificados por los expertos como intimidantes, agresivos y horribles de ver. Parece que Trump ha convertido sus rituales de saludo político en un campo de batalla.


Dejando a un lado la política para entrar en el tema del humor (aunque no hay ninguna valla que separe las dos cosas y se suelen confundir) un solo gesto no va a decir mucho de un personaje ni va a ser motivo de humor. Una serie de gestos o un gesto repetitivo ante una situación determinada, sí.

Para que los gestos de un personaje den lugar a una escena de humor, estos deben ser la combinación de una serie de posiciones concretas vistas, además, a cámara lenta. Debemos fijarnos en todos los detalles y transcribirlos exagerando allí donde sea posible.


Un ejemplo ilustrativo de lo que acabamos de decir lo tenemos al alcance de la mano si viajamos a Italia. El italiano es un idioma poco hablado en el mundo y la explicación es muy sencilla: ¡no les hace falta utilizarlo!
Los italianos gesticulan tanto que se les entiende en cualquier parte del mundo sin necesidad de que abran la boca.

Ha llegado el momento perfecto para hacer referencia a un reportaje multimedia (When Italians Chat…) que apareció en el New York Times en Junio de 2013 en el que se comentan los gestos que hacen los italianos cuando hablan, aquí van algunos de ellos



Che cosa fai? ¿Qué haces?


Une las puntas de los dedos de tu mano derecha y apunta con ellos hacia arriba. Mueve la mano en forma ascendente y descendente. Este gesto popularmente llamado “la pigna” es uno de los clásicos del italiano.


Chi se ne frega! ¡A quien le importa!


Extiende tu dedo índice y corazón juntos. Apoya los dedos en el inicio del cuello con la palma de la mano mirando hacia tu garganta. Roza la parte de abajo de la mandíbula inferior “rascando” con las uñas de esos dedos hacia adelante.


¡Straordinario!


Levanta la mano dejando el codo doblado en un ángulo de 90 grados. Separa delicadamente los dedos formando una espiral con ellos, como si estuvieras sosteniendo algo frágil o a punto de cambiar una bombilla gigante sobre tu cabeza. Haz girar la muñeca mientras pones los ojos en blanco.


¿Sí o no?


Cierra tu mano y extiende el dedo índice y el pulgar en sentidos contrarios. Gira la muñeca y la mano como si estuvieras desenroscando una tuerca gigante. Puedes doblar ligeramente el dedo índice para darle mayor dramatismo a la frase.


Ho una fame da lupo! ¡Qué hambre tengo!


Extiende tu mano como si fueras un karateka a punto de destrozar una pila de tablas de madera. Concéntrate. Lleva tu mano hacia el estómago y golpéate con el canto del dedo índice (deberás doblar levemente el pulgar hacia abajo). Este gesto es inequívoco: es hora de comer


¡Che barba…! ¡Qué aburrimiento!


Ahora, con la mano extendida como en el gesto anterior, colócala con la palma hacia arriba. Mueve la mano de arriba a abajo desde la altura de la garganta hasta la mitad del pecho y repite 2 o 3 veces.


El autor del reportaje ha convertido al hombre en una marioneta y, utilizando la herramienta de la exageración y de la comparación, ha descrito a cámara lenta todos y cada uno de los movimientos necesarios para reproducir el gesto.


Las actitudes

La actitud frente a una situación determinada o ante los demás personajes puede dar origen a una sonrisa sobre todo si el momento es inesperado o repetitivo.
La sonrisa será aún mayor si, conociendo al personaje, dicha actitud es en realidad la más lógica que podría tener en esa determinada situación.

Aquí aparecen dos herramientas más, LO INESPERADO Y LA REPETICIÓN. Veamos unos ejemplos:
Una mujer frunce el ceño, cierra los ojos o patalea cuando alguien habla de futbol. Su actitud es la del enfado, odia ese deporte y no puede oír hablar de él. Pero a nadie le producirá risa porque en una mujer, esa reacción, es bastante normal.

Pero si lo hace un hombre que durante todo el año lleva puesta la bufanda del Barcelona, su actitud nos sorprende (lo inesperado). Eso puede llevarnos a sonreír si sabemos que el hombre nunca se quita dicha prenda y que la lleva puesta simplemente porque la armonía de azules y morados le ayuda a superar la negatividad de su carácter.

El asunto será aún más gracioso si el personaje considera el deporte una perdida de tiempo y solo acepta el ajedrez como pasatiempo. Si las personas que va conociendo a lo largo de la historia le hablan de futbol, por aquello de empezar con buen pie, y el protagonista repite la pataleta, estaremos usando la herramienta de la repetición. No hay que abusar de ella, con repetirla tres veces a lo largo de la novela será suficiente.


—El ejemplo es algo simplón.

—Ya, pero lo importante es que aclara el asunto ¿O no?

—¡Sí! Pero la pataleta no es la respuesta más lógica.

—¿Te parecería más lógico que el personaje cerrara los puños, mirara hacia el cielo y bufara como un rinoceronte cabreado?

—Tal vez.

—Vale, antes de colgar el artículo prometo cambiarlo.


Ya hemos dicho que ciertos gestos definen a un personaje pero no debemos olvidar que también hay gestos comunes para cada tipo de personaje y si queremos que la figura parezca real no debemos de olvidarlos en ningún momento.

Una vez establecida la figura con su punto de enfoque, sus particularidades físicas, sus defectos, sus virtudes y sus gestos particulares debemos de tener claros los gestos comunes de ese tipo de personaje. Un vago no se levanta de la cama de la misma forma que lo hace un hiperactivo o un goloso no come del mismo modo que un inapetente o un tímido no habla como un prepotente.

Crear un personaje es como dar vida a un muñeco y debemos saber cómo reaccionará frente a lo cotidiano.

Si el personaje pretende ser cómico, cuando su respuesta es la esperada, debemos de exagerarla al máximo:
El vago moverá los dedos de los pies después de la tercera vez que suena el despertador, mientras que el hiperactivo ya estará vestido y llevará tres segundos con el dedo en el aire, listo para parar la alarma en el momento en que suene.

Pero si esa mañana el vago tiene que levantarse para ver la carrera de Formula 1, cómodamente tendido en el sofá, dejará estupefacta a su mujer del brinco que pegará en la cama.


—Perdona, pero el vago no ve la carrera de Formula 1 en directo,
para ellos está el diferido.

—Veo que vas pillando bien el asunto…

—¿Estás en plan irónico o buscas una vía de escape?

—Ironía, Quién... ¿Yo? ¡Pero si aún no hemos llegado a esa parte!

—¡Ya!


Ejercicio: estudiar la respuesta de los personajes tipo que nos persiguen desde la primera entrada frente a acciones cotidianas, sin perder de vista el enfoque del personaje, y describir, a cámara lenta, todos los gestos.

Anotad en una columna la reacción esperada y en otra la contraria sin olvidar la exageración y recordando lo del número tres.

Para facilitar el trabajo podemos estudiar al mismo tiempo dos personajes opuestos, la reacción esperada de uno de ellos es la inesperada del otro, el vago y el hiperactivo, el avaro y el generoso, el gordo y el flaco…

Para encontrar acciones comunes podemos desmenuzar lo que solemos hacer en casa, en el trabajo y durante el tiempo de ocio (playa, monte, cine, restaurante…)

Y ya que estamos no estaría mal observarnos a nosotros mismos, nuestras propias acciones. Definiríamos así nuestras peculiaridades, nuestro personaje tipo, nuestro enfoque, nuestros gestos…en fin, nuestro lado cómico.


—Yo no tengo lado cómico.

—Eso ya lo sabía. Pero eso no significa que no seas
cómico para los demás…

El vago (el eterno parado) y el hiperactivo (el deportista)





—¡Ya tengo tu mote, tus defectos y tu enfoque!

—¿No has psicoanalizado tu parte cómica?

—Ya te he dicho que no tengo.

—Pues entonces eres un personaje ideal.

—¿Tengo que esconder la cajita de sentimientos?

—Probablemente.

La seriedad es una característica común a varios personajes tipo, puede expresar falta de alegría o actitud responsable en una situación particular o en todo momento.

Cuando esta característica es constante puede ser causada por timidez, introversión, pesimismo, baja autoestima, tristeza, nostalgia, dolor y amargura. En este caso, la seriedad puede ser punto de enfoque interesante para un personaje.

Puede ser externa, aparente, puede que esconda a una persona con sentido del humor. En este caso, el humor suele ser irónico y sarcástico (Doctor House) o puede abarcar el universo completo como en el caso de los personajes que encarna Clint Eastwood.

Serio no significa ni insensible ni frío, los sentimientos están ahí pero no se exteriorizan.
Serio no significa que no disfrute del humor, simplemente no lo demuestra con la risa.
Serio significa que no dejará que las cosas fluyan, no se prestará a novedades ni a excentricidades.
Seriedad = herramienta contra la vulnerabilidad


—¡Claro que disfruto del humor, si no, no estaría aquí! Lo que
ocurre es que solo me gusta el humor bien planteado.

—Bueno, creo que en eso también estamos de acuerdo los que
no somos tan serios como tú.
—Además lo de la vulnerabilidad es una chorrada y no estoy de
acuerdo con lo de la baja estima, las personas
serias nos distanciamos de los demás debido a la superficialidad
reinante en el mundo.

—¿Y no lo puedes hacer con una sonrisa?

—No, porque en ese caso me estaría riendo de los demás. ¡Qué vas
a saber tú sobre personas serias!
Todos opinan sobre lo que no conocen y así nos va.

—Entonces añadiremos a la lista que las personas serias se distancian
de los demás porque se sienten diferentes.

—No sé lo que opinan los demás pero en mi caso no es que me sienta
diferente, ¡es qué soy diferente!

—Ya veo, creo que en el eneagrama serías el personaje líder.

—De chorrada en chorrada… ¿Es que no puedes ser un poco más
seria ni por un momento?

—Es que abrazo plenamente la teoría del Play.

—No tienes remedio. A ver las majaderías que nos cuentas
en la próxima entrada.

—Te gustará, trataremos la apariencia del personaje y
hablaremos de Cantinflas.

—¿No podríamos hablar de Eugenio, el humorista catalán?

—Muy buen ejemplo de un personaje serio que esconde un gran
sentido del humor. Gracias por la aportación.

—¡Si no estuviese yo aquí no sé cómo acabaría esto! Ya me lo
puedes agradecer bien. Y el sarcasmo ¿para cuándo?

—Veo que tú tampoco tienes remedio, lo siento tendrás
que tener un poco más de paciencia.

domingo, 4 de junio de 2017

El Grajo conoce a la Juani




Sinopsis



Grajo conoce a Juani en medio de una trama más negra que el humero. Él, un detective cuya alarma es un bigote de conejo entre el marco y la puerta; ella, la dueña rumbosa y tremenda de un bar castizo que huele a canela. Ellos: Tortillas, Gato, Bolas, Leo Lanzador y el club de la calceta, unidos por el destino y la supervivencia en el Madrid de los años ochenta.
Tarántulas y dragones que guardan oscuros secretos. Un asesinato, persecuciones, bajos instintos, ternura y desbarajustes varios harán que no puedas dejar de leer y de reír. Después de conocerlos, será imposible que dejes de quererlos. Súmate al efecto Grajo.


Primer capítulo

El triste final del libro de derecho

¿Fanfarrón a mí? ¡Pero qué se habrá creído! El detective no puede evitar asomarse a la ventana y observar a la joven del abrigo verde.

¿Qué es eso?, se pregunta al notar un papel desconocido en el suelo. Se agacha y en el momento en que lo recoge, una bala impacta en el único libro de derecho de la estantería.

—¡Me cago en todos sus muertos! ¿Pero qué leches ha sucedido? —pregunta Grajo levantándose sobrecogido y, con los ojos puestos en el libro perforado, comenta—¡Por lo menos ahora tendré un motivo para tirarlo!

Un segundo disparo hace que se lance al suelo y se proteja la cabeza con las manos. Repta sobre los codos mirando la ventana hecha añicos y abre la puerta. Sin pensárselo dos veces se levanta y sale a toda prisa.

—¡El bigote! —grita escaleras abajo y vuelve atrás.

Deja un bigote de conejo entre la puerta y el marco, y, al hacerlo, se da cuenta de que ya le quedan pocos, tendrá que conseguir más.

Elige la salida trasera y no vuelve a parar hasta sentirse en lugar seguro.

—Tengo que tranquilizarme —dice el detective apoyándose contra un muro— ¡Pero qué demonios ha sucedido!

Se palpa brazos y piernas por instinto y en el bolsillo del pantalón nota el papel que le ha salvado la vida. Lo saca, lo lee y sonríe. Se da cuenta de que necesita un café para aclararse las ideas.

Media hora antes.

¡Son casi las nueve, aún me duele la cabeza y tengo la boca empastada!, piensa el detective mientras sube los escalones de dos en dos, ¡la acidez de estómago me va a matar un día de estos!

Al lado de la puerta, una joven le espera golpeando el suelo con el pie. Permanece apoyada en una escuálida pared y está envuelta en un abrigo verde que le queda demasiado ancho. A su lado, en una placa borrosa, se puede leer Detectives El Grajo.

—¡Ya puedes entrar, nena! —dice Grajo abriendo la puerta.

La muchacha duda y arruga la nariz, el olor a tabaco rancio que sale en oleadas le da ganas de vomitar.

—¿Pasas o te quedas sujetando el muro? —pregunta el detective dejando caer el sombrero sobre una pajarera vacía.

La muchacha entra al ver que el detective ha abierto la ventana.

—¿Y esa jaula? —pregunta.

—Está vacía. ¿Tienes dinero, pequeña?

—¡Cuando salgo nunca voy sin dinero por lo que pueda pasar! —contesta la mujer tras unos segundos de titubeo—. ¿Está siempre vacía?

— Sí, me la regalaron con un grajo dentro pero lo solté para que se ganara la vida por sí mismo —contesta el detective dejándose caer en una silla— No me importa si llevas dinero encima, lo que quiero saber es si tienes dinero para pagar mis servicios.

—¡Claro que tengo! ¿Por quién me tomas?

¡De acuerdo, es más joven que Raquel!, piensa el detective mirando a la mujer de arriba abajo sin importarle que eso pudiera molestarla, tendrá apenas unos treinta tacos, y tiene más curvas, ¡pero en cuanto a lo demás mi Raquel le da mil vueltas! ¡Y ese pelo embarullado! Y ese abrigo pulgoso, y ese bolso… ¡¿es que a nadie se le ha ocurrido pegar fuego a ese bolso?!

La mujer despeja una silla llena de carpetas y se sienta.

—¡Tú dirás!, querida —dice Grajo mientras coloca sus manos huesudas detrás de la cabeza.

—Quiero que vigiles a mi marido.

Desde la calle llegan voces de una trifulca, Grajo aparta los archivadores y se asoma a la ventana. Cuando considera que la joven ha esperado bastante, vuelve a la silla.

—¿Te engaña con una nena de infarto? Es eso, ¿verdad?

—Nada de eso, he descubierto que mi Pepe intenta matar a alguien —contesta con naturalidad.

—¡Vaya! ¿Y por qué no has acudido a la policía?

—Simplemente he considerado más apropiado venir aquí.

—¿Y qué crees que podría hacer yo, mejor que la policía?

—¡Está muy claro! evitar que eso suceda —Y observa sus uñas recién esmaltadas de rojo sangre.

—¿Cómo lo has descubierto?

—Le he oído hablar por teléfono.

—¡Ya! —dice Grajo cogiendo un lápiz—. La verdad, nena, no sé si creerte, me parece que solo quieres llamar la atención. A ver… ¿Cuál crees que sería el móvil del asesinato?

—No lo sé, quizás… ¿por ser un gran fanfarrón?

—Bueno, ¡por lo menos nadie le va a echar de menos!

—¡Yo desde luego que no! ¿Tienes familia?

—¡¿Qué si tengo familia?!

—Sí. A lo mejor tus parientes te echarán en falta cuando estés criando malvas, aunque solo sea porque no queda nadie para sacar al perro.

—Pero… ¡¿cómo te atreves a hablarme de esa manera?! —pregunta Grajo partiendo el lápiz en dos—. ¿Quién te has creído que soy para dirigirte a mí con esas palabras?

—Mira, déjalo…—la mujer le sostiene la mirada y se abrocha el abrigo. Se dirige a la ventana dejando caer entre sus pies un papel doblado—. ¡Parece que se ha acabado la fiesta! —dice mirando a la calle.

—¡Te he preguntado si sabes quién soy! —insiste Grajo ya fuera de sí.

—¡Un idiota más! —contesta la mujer agarrando el bolso que había dejado sobre la mesa y dirigiéndose hacia la salida.

—¡Ese bolso no te pega nada!… nena —replica Grajo a voz en grito.

El encuentro

El papel que le había salvado la vida conduce a Grajo hasta la calle de la Malavida, número 13, lugar en el cual abre sus puertas el bar Juani.

Tras las mesas desgastadas, el mostrador de mármol blanco ha perdido todo su brillo y una pizarra avisa de que hoy no se fía y mañana tal vez.

Juani, pasando bayeta, observa el avance del detective: No hay duda de que parece todo un grajo: patilargo, flacucho, engreído y vestido de negro. ¡A estos me los meriendo yo al ajillo!

— ¿Sigues vivo, don Juan? —pregunta sin levantar la mirada.

—¡Si me vuelves a llamar don Juan o fanfarrón, vas a pasar el resto de la vida girando como una peonza, nena!

—¡No te molestes en darme las gracias, pajarraco! Y que sepas… ¡que si te atreves a ponerme la mano encima serviré criadillas de aperitivo esta mañana!—Y levantando por fin la cabeza para enfilar esos ojos negros remata— ¿te queda claro, nene?

—¿Dónde está tu marido?

—No tengo ni la menor idea.

—¿Cómo se llama el pajarito?

—Qué más te da… ¡si no lo conoces de nada!

—No te he preguntado si le conozco, solo quiero saber su nombre.

—Te daré esa información, si quiero o si puedo.

—Bueno ¡Vale ya! Me acaban de disparar, dos veces.

—¿No me digas? — dice ella con retranca.

—Apiádate de mí, nena —Grajo cambia el tono para intentar convencerla, sabe que a veces funciona.

—A mí no me vas a torear —le dice ella con dedo acusador—, pero me das pena.

—¡Estoy...!—se arranca el Grajo.

— En… ¡cuidadito, con cómo estás! —dice Juani mientras coge dos vasos de tubo, sonriendo—. ¿Una cervecita para calmar los ánimos?

Grajo acepta la tregua y se apoya en el mostrador.

Mientras la mujer llena los vasos, un joven musculoso entra en el bar en manga corta y toma posición en la barra, marcando bíceps.

—¡Eso es toda fachada! —comenta el detective en voz baja— en los gimnasios se llenan de hormonas y al final les salen tetas.

— ¿Tienes dinero?

—¡No puedo creerlo!, nena… ¿te has propuesto fastidiarme o has decidido acabar en el depósito de cadáveres?

—¡A tú salud! ¡Y nunca mejor dicho! Por cierto, creo que aún no me he presentado, soy Juani. —Y levanta su tubo.

La mujer atiende al cliente y luego se acerca a Grajo para hablar en voz baja.

—Mi Pepe es un manitas, hace reformas y nunca sé exactamente donde está.

—¿Es un albañil?

—Albañil, fontanero, electricista…

—Ya entiendo, ¡chapuzas a domicilio!

—¡Llámalo como quieras! Lo importante es que siempre tiene dinero. Para serte sincera, en los últimos tiempos está un poco raro, ya no es el mismo. Nunca ha sido un finolis pero ahora me lo han cambiao, le veo con flipaos y navajeros.

—¡Mira nena! No he venido aquí a compadecerte aunque te voy a dar un consejo y de gratis: busca un bar en una calle que tenga otro nombre y quizás todo empiece a rodar. ¡Y ahora a lo nuestro… que tu marido ha intentado matarme!

—¡Te avisé! o por lo menos intenté hacerlo, si no fueras tan…

— ¡No empecemos otra vez!

Juani se muerde el labio y levanta los hombros con cara inocente, después empieza a hablar.

—La otra noche mi Pepe, que por cierto no es mi marido pero no se te ocurra contarlo, creyó que yo estaba dormida. Habló por teléfono, apuntó tu dirección y aseguró al tipejo que no pasarías de hoy. Por eso esta mañana he venido a avisarte, pero visto que no te importaba…

— ¡Juani! ¿Vas a cerrar de una vez la bocaza esa que tienes? ¿Quién era el tipejo?

—Eh, ¡sin faltar o te saco de aquí a patadas! —contesta con las manos en la cintura— ¡No tengo ni idea! ¡A ver si te crees que no tengo otra cosa que hacer que espiar a mi hombre! Para eso estás tú, ¿o no?

—¿Dónde crees que puedo encontrar ahora a tú Pepe, querida?

—Tampoco lo sé, ¡no soy detective! Por la noche él es el que echa el cierre del bar, ¡si te sirve de algo saberlo!

—¡Me sirve! Y ahora la pregunta del millón: ¿Por qué has venido a avisarme?

— Tengo muchos defectos, pero soy legal. Y no quisiera mancharme las manos de sangre. ¿Te basta?

—¡Me basta! —contesta el detective dejando en la barra un billete de 100 pesetas—. ¡Cómprate otro bolso, muñeca! esta mañana parecías una furcia barata —Grajo lo dice de corrido y sale espantado del bar con miedo a que ella le tire una botella.

domingo, 21 de mayo de 2017

Hablemos de humor 3




El enfoque de un personaje es la forma con la cual el personaje se enfrenta a la vida. El conjunto de reacciones ante las circunstancias, frente a los demás y a solas consigo mismo. Se vuelven a plantear los tres conflictos de un personaje.

De todos los posibles defectos o virtudes que conforman el carácter de un personaje será el principal el que dé lugar a su enfoque, los demás lo matizarán según convenga, dependiendo de las situaciones en las que se encuentre.

El enfoque del personaje será el motor que le empuja en todo momento, en el conflicto contra el mundo, contra los demás y, desde luego, contra sí mismo. Cuanto más potente sea el enfoque más complejos y profundos serán los conflictos.


—La teoría muy bonita, pero queremos un ejemplo.

—¿Has visto la película Hantz, hormigas (guionista Tood Alcott)?

—¿La de dibujos? ¿Por quién me tomas?

—No lo sé, no te conozco, pero seas quien seas, no dejes de verla.

Hantz, la hormiga protagonista, es un personaje neurótico, romántico, pesimista pero soñador, inconsciente, descarado y tímido a la vez, pero sobre todo es individualista y el individualismo es el motor que le empuja en todo momento. Esta característica es un enfoque potente que puede convertir al personaje en común en un mundo de locos o en extraordinario en un mundo de seres mediocres.

Su conflicto con el mundo (el hormiguero): no acepta las normas de colectivismo que imperan en él.

Su conflicto con los demás: Su amigo y sus compañeros de trabajo no cejan en el intento de convencerle de que no existe otra forma de vida.

Su conflicto interno: La búsqueda de la libertad por encima de todo.

El mundo que le rodea le lleva a dudar de sí mismo, a pensar que puede estar equivocado y que algo en su cabeza no funciona como es debido. Una serie de equívocos que se plantean, debidos al amor que prueba hacia la princesa Bala le llevan a vivir situaciones peligrosas de las cuales saldrá vencedor, empujado en todo momento por la búsqueda de la libertad y la justicia.

Más ejemplos
¿Cuál podría ser el motor que empuja al profesor de física distraído que hemos creado en el capítulo anterior? Podría ser el amor desmedido por la ciencia, la necesidad de compartir sus conocimientos, el afán de que sus alumnos comprendan y aprendan. ¿Cómo se enfrentaría a un aula vacía? Entraría por la puerta visualizando ya desde fuera un sistema de ejes cartesianos en el aire y empezaría a explicar la teoría de la relatividad sin percatarse del pequeño detalle de que la clase está vacía.

¿Cuál podría ser el enfoque del sargento arrogante que vimos en la entrada anterior? La búsqueda de la perfección y del soldado modelo. ¿Y cómo podría reaccionar frente al aula vacía? John se encendería de ira por la falta de respeto que demuestran los soldados, aun sabiendo que no se encuentran en el aula porque aún no han regresado de las maniobras.

Si el profesor distraído, desordenado, excéntrico y tímido con las mujeres es además muy delgado porque se olvida continuamente de comer ¿cómo reaccionará ante un plato de lentejas?

Se pueden hacer combinaciones y elegir la que convenga en cada situación sin perder nunca de vista su enfoque.

Podríamos sacar provecho a su hambre canina haciendo que repita tres veces el plato con la excusa de querer averiguar si el volumen de líquido del guiso es mayor o menor que el de la parte sólida.
Echando mano de su excentricidad y de su timidez con las mujeres podríamos colocarlo en situación de querer extrapolar el número de lentejas que hay en un decímetro cuadrado de guiso metiendo los dedos en los platos de los estudiantes, pero solo en los platos de los chicos porque, para él, las chicas ni siquiera existen.

Cuando los defectos y las particularidades de un personaje van en el mismo sentido podríamos decir que estamos exagerando o reforzando la personalidad de esa figura.
Pero si sus características van en sentido opuesto, estamos creando un personaje complejo lleno de conflictos internos. Sus defectos y virtudes se contraponen, se sobreponen, luchan entre sí para prevalecer.

Ejercicio: crear un conjunto de defectos y virtudes que exageren a un personaje tipo, colocarlo ante una situación y ver adonde le lleva su enfoque. Luego hacer lo mismo con defectos y virtudes que lo compliquen.



—¡Al fin deberes interesantes!
—Me alegro de que te lo parezcan. Pues entonces… ¡manos a la obra!
—¿Algún ejemplo?
— ¿Has visto la serie Big Bang theory? Ahí tienes muchos ejemplos.

Sheldon Cooper
Defectos y virtudes:
Inteligente por encima de lo normal
Curioso
Inocentes
Infantil
Introvertido
Distantes
Arrogante
Interesado
Cínico y grosero cuando los demás no están de acuerdo con él
Narcisista
Ególatra
Avaro (intelectualmente)
Rutinario
Miedoso
Hipocondríaco
Controlador

Los creadores de este personaje se basaron en la personalidad de aquel que presenta síndrome de Asperger. Si buscamos información sobre las personas que padecen este síntoma encontraremos que sus características principales son:

Interacción social y afectividad:
    Egocentrismo, con muy poca preocupación por los demás y empatía.
    No sabe demostrar que le interesa una persona.
    Relaciones sociales muy limitadas, en los niños o adolescentes torpe interacción con sus compañeros.
Intereses restringidos y repetitivos:
    Intereses e inquietudes muy acotados que persigue obsesivamente pero en soledad.
    Rutina rígida, sistemática y cuyo mundo se podría reducir, por ejemplo, a los horarios de los trenes o la colección de sellos.
Lenguaje y discurso:
    Lenguaje formal, pomposo o pedante, con dificultades para captar un significado que no sea el literal. Problemas de comunicación con los demás, poca preocupación por la respuesta del otro. Falta de comunicación no verbal, impasividad. Hablar con una voz extraña, monótona o de volumen no usual. Falta de conocimiento de los límites y de las normas sociales.
Actos ritualizados:
    Rutinas y rituales muy poco usuales que no soportan el menor cambio pues esto genera inmediatamente una ansiedad insoportable.

Sheldon es un personaje perfecto, todo cuadra en él, pertenece al Nº 5 del eneagrama.

Va evolucionando en el tiempo y consigue mejorar algunos de los aspectos negativos de su carácter pero no por convicción propia, sino para ser socialmente correcto (aunque nunca lo consigue del todo). Su motor, su enfoque es la necesidad de acumular conocimientos para entender los secretos de la vida.
Ahora examinemos a otro personaje.

— ¡Un momento, no has explicado eso del eneagrama!

—¡Tranquilo! Lo veremos después de hablar de Penny.

Penny
Poco inteligente pero aguda
Tiene poca cultura y pocos modales
Sexi pero sabe hacer cosas muy masculinas
Impulsiva y decidida pero incompetente en su profesión de actriz
Desorganizada y desordenada pero feliz de serlo
Bebedora (moderada)
Dulce y simpática

Los guionistas de la serie, en un primer momento, habían elegido a un personaje diferente para ese papel. Después de varias pruebas se dieron cuenta de que habían creado a una mujer con un carácter demasiado fuerte y decidieron sustituirla por una joven más tolerante y dispuesta a realizar cambios importantes en su vida. Así nació Penny, un personaje con muchas contradicciones que va evolucionando en el tiempo y consigue mejorar algunos de los aspectos negativos de su carácter. En mi opinión,su enfoque radica en la necesidad de ser una persona mejor,en el deseo inconsciente de un desarrollo personal, aunque no está dispuesta a renunciar a ciertos pequeños defectos que, por otro lado, son los que la caracterizan. Su necesidad de mejorar es lo que la mueve a aceptar a ese grupo de amigos, a buscar un trabajo mejor, a estudiar y a intentar ser más culta de lo que es.



ENEAGRAMA



Es una herramienta que puede ser útil para encontrar el enfoque de un personaje. Según Wikipedia El eneagrama es un sistema de clasificación de la personalidad, que algunos también encuentran útil como camino de superación personal. Esta propuesta es una elaboración histórica por parte de autores occidentales que se basa en ideas anteriores de origen místico y oriental. Debido a las reelaboraciones sucesivas resulta complicado saber exactamente su origen, su estructura y uso original, aunque sí es posible trazar cómo ha sido concebido y usado por diversos autores en occidente. Generalmente se presenta como un método para el autoconocimiento y el desarrollo personal, aunque ha sido cuestionado por ciertas dificultades metodológicas. Sin embargo, algunos investigadores han encontrado que desde el punto de la psicología clínica presenta cierto interés.
Si alguien quiere saber más sobre el tema se pasa por la página y de paso ayuda con la donación de dos euros para su mantenimiento.

Tipo 1: El reformador. Idealistas, éticos, temen cometer errores, controlados, muy organizados y meticulosos, críticos y perfeccionistas, de sólidos principios, sabios, perceptivos y nobles. El Iracundo. Son personajes que transforman su ira en normas, leyes, estudios, pues no la consideran una cualidad perfecta. Buscan la perfección y hablan en términos de lo que está bien y lo que está mal sin claroscuros, ellos lo tienen claro. En su estado más sano/consciente/maduro, son tolerantes y muy éticos.

Tipo 2: El ayudador. Preocupados, comprensivos, sinceros, abnegados, sentimentales, aduladores, complaciente, con problemas para reconocer sus propias necesidades, generosos y altruistas, posesivos. Son personas que seducen para sentir que el otro los necesita. Dan, fingiendo no esperar pero precisan agradecimiento, poca tolerancia al rechazo. Necesitan ser vistos. En su estado más sano pueden ser realmente altruistas y desapegados.

Tipo 3: El triunfador. Adaptables, exitosos, seguros, atractivos, competentes, energéticos, trabajadores, competitivos y auténticos, pragmáticos, sobresalientes y ambiciosos. Yo soy lo que hago es su slogan de vida. Se desarrollan en función de gustar al resto de personas. La vanidad se traduce en la importancia de la imagen que proyectan a los demás y la importancia de su autoimagen de gustarse a sí mismos. El gustar les aleja de sí mismos/as. Están muy identificados con su trabajo, y suelen conseguir lo que se proponen, brillando en ello desde la eficacia. En su estado más sano, son sinceros y muy productivos.

Tipo 4: El individualista. Románticos, introspectivos, sensibles, reservados, sinceros, caprichosos, tímidos, vulnerables, autocomplacientes, inspirados y creativos, perfeccionistas aburridos, obstinados, incrédulos. Su compulsión más profunda es la envidia. Están pendientes de los demás, y creen que nunca tendrán aquello de lo que carecen. Conectados a los que le falta, a su carencia. La carencia eclipsa su valía. En su estado más sano, son empáticos y muy creativos

Tipo 5: El investigador. Cerebrales, curiosos, independientes, innovadores, obsesivos, nerviosos, aislados, pioneros y visionarios, penetrantes, perceptivos, innovadores. El observador. Necesitar poco es uno de sus lemas, amantes del conocimiento, intuitivos y sabios. Los observadores de la vida por antonomasia. Se caracterizan por la avaricia, porque no saldrán de su escondite hasta estar bien seguros de que tendrán suficiente energía, dan poco por miedo a que le pidan más después. Buscan la autosuficiencia. En su estado más sano, son desapegados y generosos. (Sheldon es avaro con sus conocimientos y su sabiduría)

Tipo 6: El leal. Comprometido, digno de confianza, trabajador, responsable, evasivos, nerviosos, desafiantes, estables, seguros, independientes, desconfiados. Su fijación es el miedo. Suelen imaginar siempre los peores escenarios. Buscan la autoridad y el poder al mismo tiempo que huyen de ello. Fingidores de autoconfianza, ocultan un profundo miedo por lo que les pueda pasar. En su estado más sano, son valientes, leales y muy buenos compañeros

Tipo 7: El entusiasta. Productivos, versátiles, optimistas, espontáneos, animosos, prácticos, desorganizados, indisciplinados, superficiales, impulsivos, alegres, activos, agradecidos, divertidos, dispersos. : Huyen del presente, planificando múltiples futuros, y lo hacen constantemente. La gula de experiencias en la vida, insaciables. Como no se quieren perder nada, profundizan poco. Máscara de alegría, evitan el dolor en todas sus formas, fóbicos al dolor o lo desagradable. En su estado más sano pueden estar muy presentes y se comprometen, son muy animadores, capaces de disfrutar del presente como nadie.

Tipo 8: El lider. Poderosos, desafiante, dominantes, seguros, fuertes, protectores, decididos, orgullosos, intimidadores, heroicos, magnánimos y grandiosos, voluntariosos. Imparten justicia (a su modo). Dividen el mundo entre fuertes y débiles. Su fijación es la lujuria o el exceso; tienen mucha autoconfianza, van por la vida necesitando ser fuertes y prevalecer sobre las circunstancias. Fuerte personalidad, y defensores de "los suyos" (El líder, el padrino). En su estado más sano, son protectores, ayudando al otro de forma magnánima y aportándole fuerza. Accionan con o sin miedo

Tipo 9: El pacificador. Humildes, conformistas, confiados, estables, bondadosos, complacientes, pasivos, tozudos, indómitos, abarcadores, capaces de unir a las personas y solucionar conflictos, agradables y satisfechos. : El pacificador. Les frena la pereza. Se amoldan a los demás, su adaptación para evitar el conflicto los aleja de sus deseos, gustos y necesidades. Se funden con el entorno y les cuesta mucho expresar sus necesidades. Entienden todas las opciones y es muy difícil discutir con ellos, pues evitan como pueden el conflicto. En su estado más sano, son muy buenos mediadores y se adaptan, calmando los extremismos.

No quisíera crear polémica con el eneagrama, no es mi intención entrar en el debate sobre la utilidad de este instrumento en el campo de la psicología, solo comento que me parece útil para encontrar características comunes y contradictorias de un personaje.

El eneagrama se utiliza como el círculo cromático:
Si giramos la rueda de forma que el carácter del personaje que estamos creando quede situado en el vértice de un triángulo, podemos añadir a su forma de ser peculiaridades de los caracteres consecutivos por ambos lados pues se complementan (un personaje tipo 6 tiende al 5 o al 7 por aquello de que nadie es perfecto).
Los caracteres que están en los otros dos vértices del triángulo son opuestos por tanto si incluimos alguna de sus peculiaridades en la personalidad de nuestro protagonista crearemos conflictos. Así un personaje tipo 6 puede tener algo que sea característico del 5 o del 7 siendo virtudes o defectos complementarios pero crearíamos conflicto en él si añadieramos defectos o virtudes del caracter 9 o del 3 por ser sus opuestos.

domingo, 14 de mayo de 2017

El bar de Ernesto: Energías





Paco empuja con desgana la puerta del bar y sin mirar a nadie se dirige hacia la barra, avanza cabizbajo y arrastra los pies como si llevara botas pesadas. Ernesto está en la cocina pero mantiene la puerta entreabierta con un pie y al ver entrar al cliente, sale a recibirlo.

—Hola Ernesto, lo de siempre, con hielo y limón. ¡A ver si eso me anima! —dice Paco apoyando los brazos en la barra y tirando de un taburete con el pie—. ¡No sabes el día que llevo!, parece que hoy todos han querido ponerse en mi contra y ya no sé qué hacer.

—¿Qué te ha pasado? —pregunta Ernesto cerrando la puerta de la cocina después de haber lanzado una bocanada de humo hacia el interior.

—¡Un desastre, se podría decir que he topado con la iglesia tres veces!

—¿Tú? ¡Pero si ni siquiera sabes santiguarte!

—¡Ya ves! —E hizo un pausa para reunir fuerza— He querido dejar a todos contentos y ahora nadie me dirige la palabra. Mi madre ha decidido que ya no me habla. Va diciendo a todo el mundo qué le prometí bautizar al niño, qué ya tiene dos años y aún no he cumplido mi palabra, qué si le pasa algo, la culpa de que acabe en el limbo será mía. Y eso, amigo mío, es muy duro de llevar para un padre.

—¡No me extraña! Eso del limbo no suena nada bien y si puedes evitárselo al crio…

—En eso estoy, pero no lo tengo nada fácil.

—¿Qué le has contestado a tu madre?

—A ella nada. He hablado con mi mujer y le he contado lo del limbo.

—¡Mal camino has elegido! Luna es hippy hasta la médula.

—¡Ya! Lo del limbo no ha removido sus principios ni de un milímetro y como resultado, ella tampoco me habla. Dice que si se me ocurre bautizar al niño se lo lleva a Ibiza y nunca más sabré de ellos, que si hay que ir al infierno irán ellos dos, juntos y sin mí.

—¡Mal te veo, Paco! No le veo solución al asunto. ¿Y el tercer cabezazo? ¡no habrá sido una conversación de hombre a hombre con el chaval!

—¡Ojalá pudiera dar su opinión! Eso me sacaría de problemas. Con el tercero intento, creo que he metido la pata aún más. He ido a hablar con el cura para ver si podíamos bautizar al niño sin que su madre lo supiera.

—¡Tú no estás bien, Paco! ¿Pero no te das cuenta de que en un bautizo tiene que estar la madre presente?

—A ver, ¡tan tonto no soy! le he comentado al cura que mi madre se encargaría de hacer el papel…

—No quiero ni imaginarme la cara del cura —contesta Ernesto dejando la bebida de Paco sobre la mesa y desapareciendo tras la puerta de la cocina.

—¡Un poema! —dice Paco en voz baja — su cara era todo un poema. Menos mal que te has ido y no tengo que explicarte porqué.

Un hombre que apoya los codos sobre la repisa de mármol y mantiene la cara escondida entre las manos, levanta la cabeza poco a poco quedando con la nariz aprisionada entre los dedos y, en esa postura, murmura unas palabras inteligibles.

—¿Perdone? —pregunta Paco al darse cuenta de que habla con él.

—Decía, que son malos tiempos para todos.

—¡Hombre, Miguel! perdona pero no te había visto.

—No me extraña.

—¿Y eso?

—No me sorprendería nada haberme vuelto transparente —comenta Miguel mientras se esfuerza para conseguir incorporarse en el taburete.

—Mala cara sí que tienes, ¡amigo! ¿Te ayudo?

—No te preocupes, lo conseguiré, es que estoy algo flojo. Sabes, llevo varias noches durmiendo fatal —Y vuelve a dejarse caer sobre la barra.

—¡Pues sí qué estamos buenos! Y a ti, ¿qué te pasa?

—Estoy hecho polvo y duermo fatal?

—Bueno, supongo que las dos cosas estarán ligadas.

—En cierta forma sí. El asunto es algo complicado pero voy a intentar explicártelo lo mejor que pueda, descanso mal porque no logro mejorar mi estado energético y estoy destrozado porque la falta de energía me quita hasta las ganas de comer.

— ¿Tu estado de qué?

—No me hagas hablar tanto que estoy agotado. Te lo pongo más fácil, me han echado un mal de ojos.

Paco traga saliva y echa un vistazo a su alrededor, no ve nada extraño y entonces mira con cierto disimulo el interior del vaso del amigo.

— ¿Lo del mal de ojo es lo que no te deja dormir? —pregunta bajando la voz.

—¡No, qué va!, Eso es lo que me quita las ganas de comer, lo del descanso es por la cama.

—Lo de la cama tiene fácil arreglo, Miguel, ¡solo tienes que cambiar el colchón!

—No es tan sencillo, Paco, al colchón no le pasa nada, es la cama.

—¿Qué le pasa a la cama? ¡No estará embrujada o algo parecido!

—¡Qué va, hombre! ¡No pensarás que yo creo en magias o tonterías de esa clase! Lo que pasa es que no logro colocarla de forma correcta. Si la pongo lejos de puerta y ventanas evito que las buenas energías escapen de la casa pero no queda orientada de la forma correcta para que el campo electromagnético de la Tierra fluya a través de mi cuerpo —tomó aliento y siguió—. Si caso las dos cosas, la cama queda en el centro del cuarto y la cabecera no toca pared y eso es perjudicial. No te puedes hacer una idea de cuánto.

—Espera, Miguel, me he perdido —contesta Paco, y después de apurar su bebida comenta— lo que más me preocupa es eso de las “buenas energías”. ¿Podrías explicarme qué quieres decir con eso?

—Pues… ¡las energías positivas, hombre!, ¡cuáles van a ser las buenas, si no! Te he pedido que no me hagas hablar más de lo necesario, ¿no ves que estoy destrozado?

—¡Tranquilo, Miguel! —Paco pone una mano sobre el hombro del amigo— si estamos hablando de tu habitación, que está en el planeta Tierra, y de ti, que eres más grande que un electrón, no tienes de qué preocuparte. Las energías no pueden ser más que positivas.

—Perdone, señor, pero su amigo no se está refiriendo a la energía cinética, ni a la gravitacional —comenta un hombre de frente ancha y pelo recogido en una larga coleta— su amigo le está hablando de la energía interna de cada individuo, de la energía del alma, de la esencia de la vida. Si esa energía negativa que ya le rodea, aumentara, su amigo podría llegar incluso a apagarse y si le han echado un mal de ojo hay que poner remedio antes de que eso sea irreversible.

—¿Cómo? —pregunta Miguel entrando en pánico.

—Perdonen, me gustaría intervenir —dice una mujer que está removiendo el interior de una taza humeante, en una mesa cercana.

—Sí —contesta Miguel.

—¿Ya le han hecho la prueba del aceite?

—¡Cómo me alegro de que alguien hable mí mismo idioma! Todo eso del tamaño de un electrón y de la esencia de la vida me ha dejado peor de lo que estaba. La prueba del aceite ha dado positiva. Me han asegurado que es mal de ojo pero no me han dicho nada sobre lo de apagarme.

La mujer se levanta, se acerca a Miguel con paso decidido y le coloca un dedo sobre la mejilla.

— ¿Puedo?

—¡No faltaba más!

—¿Le han pasado el huevo? —pregunta ella mientras observa el interior del globo ocular de Miguel.

—Sí, me lo han hecho dos veces, pero no han conseguido resolver nada. Por lo visto las malas energías no quieren abandonar mí cuerpo. Me han dicho que el problema viene por la orientación de la cama.

— ¡Lo de la cama no tiene nada que ver con el mal de ojo! —grita el coletas dando un manotazo sobre el mármol— ¡Menuda tontería! La orientación de la cama tiene que ver con la ocupación consciente y armónica del espacio según el feng shui, el mal de ojo es un asunto de una naturaleza completamente distinta. Aunque podría ser que… ¿cuándo usted duerme, tiene los pies en dirección a la puerta?

—Para que la cabecera toque pared, ¡no me queda más remedio! —contesta Miguel pasando un pañuelo por la frente.

—¡A ver si en lugar de un mal de ojos lo que le pasa a usted es qué va enfermando poco a poco y sin una explicación lógica porque duerme en la posición de la muerte!

—¿Tiene televisión o espejos en la habitación? —pregunta la mujer al ver que Miguel va perdiendo el poco color que le queda.

—Sí, pero el espejo está dentro del armario y tapo la pantalla de la tele con un trapo antes de dormir.

—¡Bien hecho! —contesta la mujer dando a Miguel unas palmaditas en el hombro— ¡No desespere qué todo tiene remedio! Menos la muerte, claro está, pero no se preocupe que ese todavía no es su caso, se lo he visto en el fondo del ojo, en el alma. Ahora solo le queda girar la cama y hacer una buena limpieza.

— ¡Oiga! Le agradezco los ánimos pero le aseguro que mi casa está bien limpia —grita Miguel viendo sus días contados y su honor por los suelos.

—¡No de energías negativas! —contesta el coletas— ¡Esas fuerzas malignas no se barren con la escoba, muchacho! ¿Ha limpiado con sal y ha puesto velas blancas?

— ¡No! —contesta Miguel con un extraño brillo en los ojos— ¡Nadie me ha hablado de eso!

—Nunca falla. Unas buenas velas blancas y unos lazos rojos en las esquinas protegen el ambiente. ¡¿Ha visto cómo hemos dado con la solución?! —añade la mujer asintiendo enérgicamente.

Ernesto vuelve a dar señales de vida y observa, pensativo, la escena.

— ¿Pero… es que no hay nadie aquí que opine que esto es una locura? —pregunta Paco abriendo los brazos.

—Yo mismo —contesta un hombre que estaba escuchando la conversación desde el fondo de la sala—, ¡esas son todas majaderías!

— ¿Y con qué autoridad está usted hablando? —pregunta desafiante el coletas.

—¡Con la que me otorga Dios! —Y el hombre enseña el alzacuellos.

—Bueno —dice Miguel dirigiéndose de puntillas hacia la puerta—, agradecido a todos por la ayuda…me voy a comprar velas blancas.

—¡Será para llevarlas a la Virgen!

—¡Por supuesto Padre! Mañana las llevaré sin falta.

El local queda inmerso en el silencio y solo se oyen los pasos del hombre vestido de negro que avanza hacia la barra. Mira a Ernesto con expresión severa y pide un café. Niega con la cabeza repetidas veces, se gira y clava sus ojos en los ojos de Paco, luego levanta una ceja.

—Veamos cómo podemos arreglar lo del chaval, tiene mala pinta pero los caminos del Señor son infinitos.

Ernesto observa como el líquido negro cae en el fondo de la taza, de repente levanta la cabeza y observa el calendario. —¡Ya me parecía a mí! San Simeon el loco,por algo será.

lunes, 8 de mayo de 2017

Hablemos de humor 2




En la entrada anterior planteamos la diferencia entre lo cómico y lo humorístico y comenzamos a bucear en el campo de la comicidad por aquello de construir la casa partiendo de los cimientos. Teníamos dos vías, situaciones y personajes cómicos y decidimos centrarnos en estos últimos hablando de su carácter y de su forma de ser. En esta entrada nos centraremos en las peculiaridades físicas de un personaje.

Antes de empezar me gustaría comentar que, hablando de defectos, los que carecemos del sentido de orientación agradecemos la aparición de un mapa en los momentos de pánico. A ejemplo, esas ocasiones en las que salimos de una tienda que tiene dos puertas y no nos hemos percatado del detalle al entrar. ¡El mundo se nos viene encima! (el personaje entra en conflicto con sigo mismo).

El que no tiene este problema no entiende el momento dramático que vive el protagonista y le hace gracia ver como reacciona el personaje que, al salir por la puerta que no ha usado para entrar, se comporta como si se estuviera en otro planeta, en un paisaje que no era el esperado, en una realidad distinta a la que tenía en el momento de entrar.

—¿Y?

—¿No es tu caso?

—¡Para nada! Me oriento perfectamente.

—Bueno, entonces puedes pasar directamente a la página tres porque, en la
dos, me he permitido elaborar unos esquemas exclusivos para
los desorientados y/o despistados.





COMICIDAD POR PECULIARIDADES FÍSICAS

Recordamos que:
TEORÍA DE LA SUPERIORIDAD, iniciada por Aristóteles, seguida por Platón y sostenida por Bergson y por Hobbes, considera la risa pusilánime puesto que se basa en la ridiculización del prójimo y del reconocimiento de nuestra superioridad. Mientras que la TEORÍA DEL PLAY dice que todo puede verse bajo el prisma del humor.

Bergson afirma que la mayoría de los individuos (porque siempre hay excepciones) ríen del aspecto físico de un individuo cuando logran apartar los sentimientos que prueban hacia ellos.

He aquí el primer gran truco de magia: saber aislar los sentimientos del lector.

Se trata de encerrarlos en una cajita estanca y enterrarla bajo tierra. Veamos tres formas de hacerlo.

—¡Por fin algo práctico e interesante en esta entrada!

—Se agradece, ¡parece que no pero eso anima!

El personaje se ríe de sí mismo.

Recuerdo que la primera vez que vi a Mariano Mariano en televisión haciendo humor de su situación en silla de ruedas, me impactó mucho. Al principio me costaba trabajo reír pero, poco a poco y de su mano, encerré mis sentimientos en la cajita y sin darme cuenta cavé un hoyo y la enterré.

Soy bajito, lo sé, pero eso tiene sus ventajas y son muchas…
Calvo, y eso es lo que me permite tener la mente despejada…
Si el personaje acepta su particularidad, el lector apartará todo sentimiento de pena.

Diálogos entre personajes.

Es como aquello de echarle la culpa a otro. El narrador escurre el bulto y no tiene nada que ver en el asunto y, por su puesto, ¡el escritor menos aun!
El lector tiene la libertad de reír o no, y, en el peor de los casos empezará a odiar a la figura que ofende. (Aprovechemos esta oportunidad para crear empatía o/y odio hacia los personajes)
Si la figura que resulta ofendida responde, a su vez, con una ofensa y el diálogo va subiendo de tono, estaremos usando otro truco de magia, el in crescendo: en una escena, los diálogos y los acontecimientos tienen que ir de menos a más, creando así tensión y expectación en el lector. A mayor tensión, mayor liberación humorística (aprovechemos las ocasiones para llevar la tensión al límite, mirándolo todo con lupa y deteniéndonos en los detalles interesantes).

Que la atención recaiga en el fin y no en el medio.

O sea, hacer que el defecto de un personaje plantee una situación o un momento humorístico.
La atención del lector se centrará en el momento y no en su defecto.
Si el protagonista tiene la nariz desproporcionada, nos centraremos en las posibilidades que esto ofrece y empezaremos por las buenas por aquello de no dar pistas antes de tiempo.
Aunque el hecho de tener la nariz grande no es motivo suficiente para tener la capacidad olfativa desarrollada, podemos dotar a la figura con esta facultad por aquello de tener las orejas más grandes para oírte mejor. No olvidemos que el personaje es fruto de nuestra creación y, teniendo siempre presente que todo debe justificarse, podemos hacer con él lo que queramos.

Al dotar al personaje con la característica de un olfato desarrollado estamos desviando la atención del lector desde su nariz a su virtud. De esta forma, si más adelante le hacemos entrar en un baño público, por muchos golpes que se dé con la nariz contra las puertas, el lector estará esperando el momento de la verdad: su reacción frente a los perfumes que emana el lugar.

—¡Pero eso es un burdo engaño!

—Lo sé. Pero es lo que hay. Llámalo ver las cosas desde
otro punto de vista, llámalo teoría del play,
llámalo como mejor te parezca pero si quieres
hacer humor tendrás que emplearlo.

—No me parece bien.

Tienes otra alternativa: fíjate en el defecto más
grande de tu personaje e intenta hacer humor
con otro más pequeño (creando sorpresa en el lector).
Y otra más: usa su defecto para
ponerle un mote simpático que será el que usarás
para referirte a él desde ese momento en adelante:
el vela, la kilitos, el fideo, el bolas, el bisagra, el tragón, la colega,
la molona, el bombón, la dolorosa, el machacón, el pastelito…


¿Cómo podemos individuar los defectos físicos de un personaje?

—¡Vaya una pregunta más tonta!

—No lo es. No basta con mirarle.

Para identificar los defectos físicos de una persona debemos mirarle, saber a qué huele, definir los ruidos que hace, tocar su piel e imaginar a que sabría si pudiéramos probarlo.

—¡¿Probarlo!?

—¡Sí señor! Tenemos que mirarlo, olerlo, tocarlo, oírlo y probarlo.
¿Por qué, si no, se dice que un hombre guapo está como
un queso o que una mujer atractiva es un bomboncito?

—Ya. ¡Pero yo no pienso probar a un tío ni aunque me ates!

Para crear un personaje redondo, las particularidades físicas tienen que ir en consonancia con su carácter, esto justificará el defecto elegido y al mismo tiempo, creará empatía con la figura.

Un profesor excéntrico puede ser calvo en la parte frontal de la cabeza (se debe a tanto pensar) y tener el poco cabello que le queda eternamente electrizado y rebelde a todo tipo de peine. Un avaro camina encorvado (esconde los bolsillos), es enjuto, con ojos pequeños y huele a viejo (no se gasta el dinero en ropa nueva). Su sabor: el de un fruto demasiado maduro, en fermentación. Para mí, un personaje optimista llevado a la exageración podría ser gordito, ¡bastante gordito! Tropezaría con facilidad porque nunca mira al suelo, tendría la piel tersa y sonrosada, transparente como la de un niño, y la punta de la nariz colorada. Sería como un niño grande que no intuye los peligros, un tipo fácil de engañar, la víctima perfecta para un timador al acecho.

Ejercicio: sigamos completando la tabla que empezamos en la entrada anterior añadiendo particularidades físicas y asignando un mote a los personajes.



¿Qué pasaría si invirtiéramos los papeles o si a un personaje le agregásemos los defectos de otro además de los que tiene?

¡La mayoría de las veces llegamos a situaciones imposibles!

Pero pongamos por ejemplo que el científico excéntrico distraído, profesor universitario que se dedica a demostrar las hipótesis más peregrinas, entra en un taller. Supongamos que empezamos a notar que le tiemblan las manos, que coge el destornillador de forma incorrecta, que se rasca la cabeza y se le pone cara de bobo… ¡hemos descubierto una nueva e interesante faceta de nuestro personaje que le llevará por el tortuoso camino del humor!

Si a un profesor universitario de arqueología, un guaperas que se pasa el día con la nariz metida entre pergaminos, le pones en medio de la selva más impenetrable y se convierte en un hombre decidido y valiente que da latigazos a todos lados, su camino será el de la aventura, los peligros y los misterios. Pero si además le conviertes en tímido con las mujeres y le añades una pizca de impetuosidad y una cucharadita de irresponsabilidad tienes a Indiana Johns. (Indiana Smith fue el personaje original, creado por el guionista y director George Lucas, Steven Spielberg modificó el nombre para que fuera más musical)

Los buenos personajes, los que atrapan al lector son aquellos que presentan distintas facetas de sí mismos a lo largo de la historia, esas facetas son las que definen sus conflictos internos que, de esta forma, irán creciendo al tiempo que lo hace el personaje.

—Podrías haber puesto más ejemplos.

—¿Has visto alguna vez la serie Allí abajo? Los personajes no tienen desperdicio.

—¿Te gusta la serie?

—Eso es asunto mío. Lo que importa es que estoy segura de que
todos hemos visto algún que otro capítulo y
los personajes están frescos en nuestras memorias.


Personajes de la serie Allí abajo

(cuyo guionista es Óscar Terol Goikoetxea, humorista español que ha desarrollado su carrera profesional como escritor, guionista, actor y presentador de televisión)

1) Los protagonistas: Carmen e Iñaki
2) Personajes secundarios: Los amigos vascos, las vecinas andaluzas, el personal de la clínica de Sevilla y los personajes del entorno de Iñaki.

Iñaki y Carmen: son personajes comunes en un mundo de locos (ya hablaremos de esto cuando nos planteemos escribir historias humorísticas). Tienen sus particularidades pero ninguna se lleva a la exageración, representan a figuras corrientes en situaciones extraordinarias.

Los amigos vascos son personajes caricaturizados, en su complejo, por la exageración de la forma de ser de los vascos.
Las vecinas andaluzas, en su conjunto, dan pie al humor por la exageración de la forma de ser de los andaluces.
Si profundizamos un poco más veremos que en el caso de los amigos vascos se usa más el humor basado en el carácter de cada uno: el tímido, el lanzado y el interesado. Mientras que en las amigas andaluzas se fuerzan las tintas en su aspecto físico: la gorda, la delgada y la feucha.
En el caso de las andaluzas podemos observar como la burla tiene lugar por medio de diálogos entre ellas que van in crescendo.
En el caso de los vascos, en cambio, los autores utilizan el recurso de reírse de sí mismo, de las bromas que unos gastan a otros y de las desgracias que le ocurren a cada cual, debidas a sus defectos.

—¿Cómo lo ves? ¿Estás de acuerdo con mi punto de vista?

—No lo sé, sigue y ya veremos.

—Ya sabes que puedes poner un comentario al final de la entrada.

—Me lo estoy pensando.

—Te recuerdo que equivocándose aprende el hombre y que yo, a pesar
de ser mujer, estoy dispuesta a hacerlo.

—Lo tendré en cuenta.

—Sigo, pues.

Maritzu, Bego y Sabino forman parte de los personajes del entorno de Iñaki. Son representantes de la sociedad matriarcal vasca en la que las mujeres suele ser de armas tomar y los maridos, en apariencia, obedecen. Se calcan las tintas en las escapatorias que encuentran los hombres para hacer lo que desean.

Personajes de la clínica de Sevilla, hay para todos los gustos y dan lugar a un sinfín de momentos cómicos. Merece la pena estudiarlos por separado:
  1. El señorito andaluz y sus hijos, cada cual encarna a un personaje típico, bien determinado tanto en el físico como en la apariencia y en la forma de ser.
  2. La enfermera cotilla (lógicamente la recepcionista, se entera de todo)
  3. La enfermera inocentona (la novata, la jovencita, la tontorrona)
  4. La enfermera prepotente (grande, no tiene pelos en la lengua y el de la cabeza es bastante rebelde…)
  5. El médico mujeriego.
  6. La directora interesada.
  7. El camarero distraído y torpón.
  8. La cocinera simplona pero buena gente.
  9. Y por último Jozé. Lo interesante de este personaje es que todas sus particularidades lo son en forma atenuada: no es un distraído aunque a veces actúa como tal, no es ignorante pero a veces lo parece, es interesado pero buena gente y amigo de los amigos, es tímido pero sabe desenvolverse. Un personaje comodín.

Ahora es tu turno, escoge una serie de humor e intenta describir a los personajes. Te adelanto que sobre Big Bang Theory hablaremos en la próxima entrada.


Descarga la tabla para editarla y poner tus propias conclusiones

lunes, 1 de mayo de 2017

El intrépido brote





En realidad no tiene mayor importancia saber quién es Susana, cómo es o a que se dedica porque lo que de verdad importa es comprender lo que sucedido esa noche, que fue lo que cambió su vida por segunda vez, en un arco tan corto de tiempo.

Susana se sentía sola. Desde que Mariano la había dejado, esa soledad la acompañaba a todas partes, incluso a las reuniones con los amigos. Había entrado en una espiral de la cual no lograba salir o lo que es peor, ni siquiera se planteaba hacerlo y su único deseo era tener tiempo libre para escapar a refugiarse en su rinconcito.

Esa mañana, subía la última pendiente del camino con la esperanza de encontrar la cancela abierta pero comprobó enseguida que, como siempre, ella era la primera.

La explanada estaba desierta, se quitó la mochila y se acercó al viejo muro de piedra para contemplar el pueblo al pie del monte. Cada día hacía el recorrido en menos tiempo y desde que había tomado la decisión de subir andando se sentía más ligera.

Le llamó la atención una nube de polvo que desdibujaba el camino y enseguida reconoció la furgoneta del guarda que subía a toda velocidad. El hombre bajó del vehículo y le dedicó una especie de sonrisa retorcida que tenía, probablemente, la intención de parecer una disculpa. Corrió a abrir el candado y, por fin, Susana pudo entrar en el cementerio.

El camino de tierra estaba flanqueado por cipreses. A Susana le gustaban los cipreses, le parecían serios y elegantes, nada que ver con los olivos que siempre andan alardeando y dándose importancia. Cogió una piña y aspiró su aroma amargo, luego se la metió en el bolsillo.

Su rinconcito quedaba ya a pocos metros de distancia. Susana se imaginó que Mariano la estaba esperando impaciente y aceleró el paso. Pero al llegar al lugar se le ensombreció la mirada al notar que un filo de hierba se había atrevido a asomar la cabeza entre las piedrecitas de la tumba. Con decisión arrancó el intrépido brote y lo lanzó al suelo con rabia.

Mientras dejaba la bolsa en el suelo, en su mente tomaba forma una idea inquietante: la vida estaba intentando abrirse camino y ella lo había impedido. Sacudió la cabeza y se enfadó consigo misma porque, desde que Mariano había faltado, a cada decisión tomada le surgían dudas existenciales.

—No estoy dispuesta a dejar que otros compartan la tierra de Mariano, pero por otro lado no pienso arrancar ni un solo brote más.¡Quizás la solución sería fumigar con algún tipo de herbicida! Pero pensándolo bien puede que envenenar la tierra no sea lo correcto. Lo consultaré con don Eufrasio, el domingo, después de misa o, mejor, me pasaré por su casa esta misma noche.

Con los brazos apoyados en las caderas examinó la tumba palmo a palmo rezando para no encontrar ni un intruso más. Suspiró aliviada, abrió una silla plegable que traía consigo, y se sentó a la sombra de un ciprés, no sin antes haber sacado brillo con la manga de la camisa a la foto de Mariano.

Se quitó las zapatillas de deporte y calzó unos zapatos de tacón, luego cogió su libro y buscó la página que había dejado con la esquina doblada el día anterior.


Esa misma mañana, Marisa se había levantado con un terrible dolor de cabeza y lo primero que hizo fue ir a desayunar.
¿Será la alergia o la maldita resaca?, se preguntó mientras miraba la nube de vapor que salía de la taza de café. Pensó en la noche anterior, en la discoteca, en el desconocido que había salido de su casa unas horas antes y de repente recordó que no había llamado a Susana. La noche anterior había salido con tanta prisa que se había olvidado de ella y eso que la pobre necesitaba evadirse y olvidarse de tanta pena. Se maldijo y decidió arreglarlo yendo a su casa en cuanto estuviera vestida.


Mientras tanto Susana no lograba concentrarse en la lectura. Se sentía mal, ese brote de hierba arrancado con tanta saña la estaba martirizando.

¡No está bien lo que he hecho!, pensaba, ¡el pobre solo intentaba llegar a la luz!, sentir los rayos de sol sobre su frágil cuerpecito y hacerse fuerte. ¿Cómo puedes pensar en disfrutar de la lectura en un momento como este?

Al fin, decidió ir a la fuente y llenar de agua la tapa del termo que llevaba consigo y en ese momento descubrió, con el rabillo del ojo, que Clotilde avanzaba hacia ella luciendo sus prendas más elegantes. En el pecho, sobre la camisa de seda, habían quedado prendidas las migas del último bollo que había comido. Como siempre la acompañaba su hijo Pedro al cual tampoco le hubiera sentado mal subir andando hasta el cementerio.

—Susana, no se te ocurra beber esa agua, ¡por Dios!

—No se preocupe, doña Clotilde, no es para mí.

La mujer se puso tensa y con rápidos movimientos de cabeza inspeccionó el lugar en busca del ser de cuatro patas. Estaba prohibido llevar mascotas al cementerio y esa habría sido la ocasión perfecta para armar un buen follón, uno de los suyos, uno de esos que la dejaban relajada para el resto del día.

—¡Es para intentar revivir a ese pobre que he ajusticiado en un brote de ira inexplicable! —dijo Susana indicando hacia la tumba de Mariano— A veces una no sabe lo que hace y se deja llevar por la rabia, por hacer lo que cree correcto sin pensar en las consecuencias y luego vienen los remordimientos pero ya es tarde para eso.

Madre e hijo fueron doblando el cuello hacia el mismo lado según Susana explicaba lo sucedido y la misma expresión ceñuda hizo aparición en sus caras.

—¡Vámonos, madre! No tienes por qué estar aguantando esto —dijo Pedro empujando a su madre con el brazo y mirando a Susana con aire reprobatorio.

—Bueno… ¡a lo mejor revive! —dijo Susana— Si lo llego a saber, no les cuento nada. ¡No pensaba que fueran ustedes tan sensibles!

Regresó a su parcela sintiéndose cada vez más culpable y empezó a buscar a la víctima de su acto brutal. Encontró al imberbe en un claro del camino y comprobó con júbilo que las raíces no habían quedado muy dañadas. Lo recogió con delicadeza y sumergió los pelillos en el agua, dejando luego la taza al lado del florero.

Mientras volvía a tomar asiento se fijó en una viejecita que recorría el camino de tierra. Avanzaba encorvada y levantaba una nube de polvo al arrastrar los pies.

¡El ramo que lleva pesa demasiado para un cuerpo tan debilitado!, pensó Susana mientras se preguntaba si hubiese sido correcto ir a ayudar a Doña Remedios.

—Buenos días, Susana, ¡esta mañana se te ve contenta! —saludó la anciana mientras se detenía para hacer un descanso.

—Sí, estoy contenta porque me he dado cuenta de que la vida se abre camino de las formas más inesperadas y estoy convencida de que, con mis cuidados, el pobre terminará resucitando. Aunque, para serle sincera, no deseo que esto vuelva a repetirse y no sé qué opinará don Eufrasio, me refiero a lo de usar herbicida. Lo digo por aquello de no arrancar ninguno más de la tierra, le aseguro que luego se siente una culpable y la gente no te mira con buenos ojos.

—¡No deberías de hacer esas cosas, niña! Con los muertos no se juega.

—¡Pero si no está muerto del todo!, ¡ya verá como vuelve a la vida y más fuerte y hermoso que antes!

La anciana agachó la cabeza y reanudó su camino lento y tortuoso, girándose de vez en cuando para observar a la muchacha.

—Creo que este lugar sensibiliza demasiado a la gente, ¡Solo ha sido un hilo de hierba y me tratan como a una asesina! La verdad es que estoy empezando a darme miedo a mí misma. ¿Qué habría hecho si hubiese encontrado a un gato tumbado sobre Mariano? ¡No quiero ni pensarlo! Y, visto lo visto, ahora estaría, como mínimo, en comisaría.


Marisa, cansada de llamar al timbre de casa de Susana, estaba terminando de escribir una nota. La dobló y la lanzó por debajo de la puerta con un certero puntapié. Después fue corriendo a buscar una farmacia para comprar la pastilla del día después, olvidándose, de momento, de los problemas de la amiga porque con los suyos ya tenía suficiente.


Entre charla y charla con los asiduos del lugar, había llegado la hora de comer y Susana no había avanzado mucho en la lectura de su libro, no hacía más que observar si el hilo de hierba, que seguía desplomado hacia un lado, empezaba a dar señales de vida. Nadie la comprendía ni la animaba a seguir luchando. Pero estaba segura de que Mariano habría estado de acuerdo con ella, él, que amaba todo bicho viviente, la habría apoyado en su decisión de seguir adelante.

Concentró sus esfuerzos en otra cosa y fue así como se dio cuenta de que no había comido nada desde el desayuno por culpa del maldito brote. Tenía hambre. De la bolsa sacó un paquete envuelto en papel de aluminio y se quedó pensativa.

No estoy segura de que esté permitido comer en el cementerio, pensó, a lo mejor está prohibido, pero los frutos secos no ayudan nada en el asunto del régimen.

—¿Tú que dices, Mariano? —preguntó dirigiéndose a la foto del difunto—¿Te molestaría si comiera un emparedado aquí, a tu lado? Es de tomates y pechuga de pavo. ¡Seguro que eso no te abrirá el apetito!

—¿Con quién estás hablando? —preguntó un hombre que caminaba a su lado con pasos presurosos.

—¡Vaya, don Hurtado!— dijo Susana a modo de saludo después de haber reconocido a su vecino del quinto—¡Aquí, charlando con Mariano! Pero por muchos argumentos que saque no consigo que me envíe ni una sola señal y eso que cuando estábamos juntos nos entendíamos sin necesidad de abrir la boca. ¡Estará ocupado!, lo comprendo, ahí arriba tendrá mucho que hacer y con sus problemas respiratorios y la alergia a las palomas, no le será nada fácil adaptarse. ¡Pero al menos una señal! ¡aunque fuera pequeñita…! Un brote… ¡¿Un brote?! ¿Usted cree que un brote puede ser una señal? —preguntó mientras agarraba la taza del termos— ¡Mariano! ¿Estás ahí, Mariano?

Susana volvió a quedarse sola, el hombre aceleró sus pasos y desapareció de su vista.

Me ha parecido algo maleducado, pensaba Susana, pero por otra parte diría que es normal, en la posición en la que estaba no ha podido ver el brote dentro de la taza, habrá creído que hablaba con los posos del café.

Se comió el bocadillo y tras comprobar que el brote seguía vivo pasó el resto de la tarde leyendo.

Cuando volvió a casa oscurecía y tenía los brazos cansados de llevar la taza con el brote que había plantado en un poco de tierra. No había querido dejarlo en el cementerio porque pensaba que el relente de la noche podría darle el golpe definitivo.

Lo primero que vio al entrar en casa fue un papel en suelo. Dejó la taza sobre una mesa, recogió la nota y la leyó.

El folio volvió al suelo al tiempo que Susana volaba a la cocina. Estaba pálida y parecía descompuesta. Abría y cerraba las puertas de las alacenas revolviendo su interior y tirándolo todo, hasta que detrás de unas viejas latas de té apareció una botellita de ginebra. La abrió con manos temblorosas y bebió el contenido del frasco de un trago. Se apoyó a la pila y se obligó a respirar varias veces llenando primero la tripa, luego el estómago y al final los pulmones como le habían enseñado en las clases de relajación. Claro que no le habían comentado nada sobre la ginebra y Susana tenía sus dudas de que, esta vez, el asunto funcionara.

Cuando se hubo calmado volvió al salón y se quedó mirando la nota durante unos largos minutos. Su mente estaba en blanco, probablemente debido a la ginebra, era como si la soledad se hubiese instalado en su cerebro dejándolo completamente vacío. Pensó que debía de comprar una botella más grande porque esa sensación empezaba a gustarle.

Al fin recogió el papel y se sentó en el sofá para leerlo una segunda vez:

Querida Susana, siento no haber podido hablar contigo antes pero ando con la cabeza entre las nubes y la alergia me está matando. Cuando menos te lo esperes vendré a verte y hablaremos de todo. No está bien que estés siempre sola, tienes que salir con los amigos y divertirte.

P.D.: No olvides que la vida hay que cultivarla.

Susana ya no volvió a sentirse sola.