martes, 20 de junio de 2017

El bar de Ernesto: Perros alfa





En la radio acababan de anunciar que el paro aumentaba a una velocidad exponencial. Intentaba recordar la forma de esa maldita curva cuando Paco entró por la puerta del bar con la cara descompuesta.

—Hola, Ernesto, ponme un tercio bien frío que el calor me ha dejado el cuerpo seco y se ha llevado hasta las burbujas —dijo tomando posición en su esquina habitual de la barra.

—¡A estas horas de la tarde ya debería de haber refrescado! —contesté mientras abría el botellín.

—¡Qué va! Parece un castigo divino como el que acabas de ponerme tú ¿No tienes nada mejor que pepinillos avinagrados o almendras deshidratadas?

—Lo siento, Paco, es que no soportaría que el local oliese a fritanga.

—¡Esa escusa no me vale, Ernesto! busca a alguien que te traiga algo ya preparado o cierra unas horas y búscalo tú así te dará un poco el aire o encontrarás a alguna chavalina que, con un poco de suerte, te haga tilin.

—¿Estás insinuando qué soy de los que pierden aceite?

—¡Me da igual si pierdes aceite o vinagre de Modena! No es asunto mió ¡pero búsca a alguien con quien compartir la vida, ¡por Dios, pareces una monja de clausura! —Paco bebió y tras refrescarse pareció tranquilizarse un poco— además, ahí, protegido tras la barra de mármol, da la sensación de que estés en otro mundo. Es como si nos vieras a todos desde el patio de un teatro, como si fuésemos actores de una comedia puesta en escena para ti. Decididamente, amigo...necesitas a alguien a ese lado de la barrera.

—¡De momento me basto yo solito! Y tú qué tanto hablas… ¿A qué estás esperando para tener el segundo?

—Luna quiere adoptar a un perro de la protectora, dice que ellos también necesitan un hogar.

—¡A eso se le llama salirse por la tangente, amigo! Yo hablaba de hijos.

Nuestra conversación despertó a un cliente que llevaba tiempo aletargado. Se escondía debajo de un viejo sombrero de tela que le daba un aire de explorador jubilado, las faldas del sombrero caían por los lados como hojas de una lechuga remojada.

—Hoy, en el descampado, he conocido a otro alfa —comentó al amigo que estaba sentado a su lado.

El hombre tardó en contestar. Su mirada se perdía entre las botellas de su horizonte visual y parecía que salir del estado catatónico en el que se encontraba sumido le fastidiaba bastante.

— ¿Quién era el alfa, el dueño o el perro? —preguntó tras un largo suspiro.

—El dueño —contestó el explorador sopesando el vaso como si no estuviese convencido de que su masa fuese la correcta—. El perro no era más que un chucho pulgoso como el mío. Pero, por lo visto, con pedigrí, aunque eso no le impidió oler el culo al Pecas, luego decidió montarlo.

— ¿Y el Pecas que hacía, a todo eso?

—Le dejó claro que era tan macho como él aunque un poco menos salido y sin tanta sangre real.

— ¿Y el dueño?

—Salió con lo de la pureza de la raza y como no le pareció excusa suficiente, sacó la gilipollez de los perros alfa.

— ¡Hay que joderse! —contestó el amigo mientras hacía extrañas contorsiones para acomodar su trasero en la banqueta que aun siendo generosa no dejaba de ser una banqueta —. ¡Llaman alfa a cualquier cosa!

El asunto parecía interesante y, como el silencio se prolongaba ya demasiado y la caja vacía amenazaba con instalarse de nuevo entre ellos, llené un cuenco de pepinillos y lo dejé rodar sobre la barra con una puntería perfecta. Frenó justo entre los botellines de los clientes.

—Mi perro también es alfa —dije con toda la ingenuidad de la que fui capaz.

—¡Nooo…! Ernesto, ¡tú no, por favor! —contestó el explorador levantando las manos para defenderse de palabras hirientes— ¡a ver si nos enteramos! ¡los perros alfa no existen!

—¡Pues el mío existe y me han asegurado que es alfa! —comentó una mujer que acababa de cerrar el portátil y nos miraba con aire desafiante.

De momento no creí que su intervención iba a animar la tertulia visto que me había pedido una tónica con una rodaja de pepino. Yo no tengo nada contra la tónica pero el pepino, mucho sabor no da.

—Verá, señorita —, contestó el contorsionista después de haber examinado a la joven de arriba a abajo—se ha demostrado de forma científica que el hombre no domesticó al perro para la caza. Hallazgos arqueológicos en enterramientos antiguos, han sacado a la luz que el perro convivía con el hombre desde antes de que este se dedicara a la agricultura y a la doma de animales.

—¡Me has dejao pasmao, Manuel! — apuntó en voz baja el explorador y se dirigió a mí—, parece que está leyendo un artículo del periódico.

La mujer se levantó y se acercó a nosotros con la copa entre las manos.
Avanzaba poniendo un pie delante del otro como si siguiera una línea imaginaria mientras mantenía la cabeza ligeramente ladeada. El movimiento de caderas resultante despertó del sopor a los demás parroquianos, quizás porque su caminar presagiaba un tremendo traspiés debido a la altura de los tacones que calzaba. Todos soltamos el aire que reteníamos en los pulmones cuando por fin alcanzó la barra y dejó la copa en lugar seguro.

—¡Póngame un poco más de pepino en la bebida, por favor!, no consigo sacarle esos matices de sabor de los que tanto hablan.

La cuestión era que la mujer no iba a notar matiz alguno aunque exprimiera en la bebida la cucurbitacea entera. Pero visto que el cliente siempre lleva razón, me las ingenié para cortar una lámina del vegetal en forma de espiral que, al menos, le diera un toque exótico.

—¡Esto es otra cosa! —exclamó ella abriendo esos maravillosos ojos negros y sonriendo a todos los presentes mientras mostraba el vaso en el aire.

—Cómo iba diciendo—continuó el improvisado paleontólogo —, el perro desciende del lobo y más exactamente del lobo gris. Por lo visto el ADN no miente. Son animales gregarios, que viven en manadas dominadas por machos y hembras alfa.

—¡No sabía qué también hubiese lobas dominantes!

—Sí, ¡Y más de las que usted cree! Pero volviendo al asunto de los lobos se ha aclarado que la palabra dominar significa liderar y no tiranizar, mucho menos imponer con la fuerza o con los malos modales.

—¡Este asunto se va poniendo cada vez más interesante! Nuestros políticos deberían de ver más documentales—comentó la mujer.

—¡Desde luego! Conocer y convivir con animales nos convierte en menos bestias de lo que somos. Llegaremos a ser una especie superior cuando sepamos organizarnos como lo hacen ellos.

—¡Tampoco es eso! ¡A saber que va a pensar la señorita de nosotros! —gritó Paco desde el otro lado de la barra.

—Veréis, pertenezco a un grupo de amigos de los perros, nos reunimos una vez al mes y el adiestrador nos da las pautas necesarias para convivir con ellos lo mejor posible. ¡Pero es un cabezota! No admite réplicas y a veces no estoy de acuerdo con él —contestó la joven y volviéndose luego hacia Manuel— decías sobre las lobas dominantes...

—Bueno, decía que los lobos alfa no van por ahí montando a sus semejantes para afianzar su liderazgo, son animales inteligentes y saben que liderar significa llevar por buen camino a la manada. Los hombres no lo tenemos tan claro y confundimos liderar con dominar y con montar. Como diría más de una... los hombres solo pensamos en una cosa.

—¡O sea que si un perro monta a otro, no es por liderazgo!—exclamó la mujer al tiempo que su larga melena cortaba el aire para volver a recaer exactamente en la posición inicial, pero hay que reconocer que, después de eso, algo había cambiado en el ambiente.

—Bueno, yo no sé lo que pasa por la cabeza de un perro ni lo que consigue ver desde allí abajo, pero lo que sí aseguró es que los lobos alfa no montan a sus semejantes para someterlos.

—Y luego está la segunda parte —intervino el explorador que se había mantenido callado hasta ese momento.

La mujer se giró a observarle, ocasión que aprovechó el experto en lobos para indicarme que le diera un vaso para beber de forma más civilizada.

—¿Segunda parte? ¡La que voy a liar este fin de semana!

—Veras, los lobos que decidieron acercarse al hombre en su momento, no lo hicieron por valentía y bravura sino para tener más posibilidades de sobrevivir. Es lógico pensar que no eran precisamente lobos alfa.

—Entiendo—dijo la mujer levantando las cejas— los perros descienden de lobos de segunda categoría, de lobos beta y, por tanto, los llamados perros alfa no son más que tuertos en un mundo de ciegos. ¡Cómo me gusta! Quiero ver la cara que pondrá el adiestrador cuando le cuente todo esto en la próxima reunión—decía mientras recogía su portátil y se encaminaba hacia la puerta —. Además, me habéis dado una alegría. Ahora tengo claro que mi perro no es un estúpido prepotente sino solamente un chucho más cachondo que los demás.

Se fue, dejando medio bar suspirando por su ausencia.

—¡Qué mujer! —comentó el explorador volviéndose a poner el sombrero.

—¡Y qué lo digas!, amigo —contesté y luego miré a Paco —, ¡qué no nos oiga Luna, por Dios! pero no me extraña que el perro de esa chica se tire todo lo que se le ponga por delante, lo anormal sería que no lo hiciera.

domingo, 11 de junio de 2017

Hablemos de humor 4




Los gestos son formas de expresión basadas en movimientos, actitudes y mímicas que no incluyen la palabra aunque pueden comprender chasquidos o sonidos guturales.

El investigador Albert Mehrabian descompuso en porcentajes un mensaje. Según sus estudios estadísticos, el 7% de un mensaje suele ser verbal, el 38% vocal (tono y matices) y un 55% está compuesto por señales y gestos. Según el investigador, el componente verbal se utiliza para comunicar información y el no verbal para comunicar estados de ánimo y actitudes personales.

El gesto es, por tanto, una manifestación corporal de un estado de ánimo, de una actitud, o el deseo de enfatizar una idea. Puede realizarse con distintas partes del cuerpo: la boca, las manos, las cejas, las piernas, los pies… y existe una manifestación en la postura corporal que involucra gestos de todo el cuerpo.


Los gestos pueden llegar a darnos una idea de la personalidad de un individuo. A ejemplo, y por aquello de estar al día, he aquí lo que expertos en lenguaje corporal comentan sobre el primer viaje oficial de Donald Trump al extranjero:
Trump fue visto empujando al primer ministro de Montenegro, Dusko Markovic, en el cuartel general de la OTAN en Italia para situarse delante de él, en primera fila, con alzamiento de barbilla y ajuste de pechera.

Según Judi James, experta en lenguaje corporal, ese gesto indica la lucha por estar al frente: ganar uno de los roles principales en el mundo no parece haber detenido su necesidad de reafirmar su poder alfa en cada ocasión. La gente tiende a disculparse o incluso explica sus acciones en una forma no verbal después de empujar a otro. A partir del lenguaje corporal de Trump tras el empujón se puede decir que él parece creer que el estatus de mandamás es su derecho.

El movimiento de agarrar y jalar y el apretón de manos con los nudillos blancos, marca registrada de Trump, han sido calificados por los expertos como intimidantes, agresivos y horribles de ver. Parece que Trump ha convertido sus rituales de saludo político en un campo de batalla.


Dejando a un lado la política para entrar en el tema del humor (aunque no hay ninguna valla que separe las dos cosas y se suelen confundir) un solo gesto no va a decir mucho de un personaje ni va a ser motivo de humor. Una serie de gestos o un gesto repetitivo ante una situación determinada, sí.

Para que los gestos de un personaje den lugar a una escena de humor, estos deben ser la combinación de una serie de posiciones concretas vistas, además, a cámara lenta. Debemos fijarnos en todos los detalles y transcribirlos exagerando allí donde sea posible.


Un ejemplo ilustrativo de lo que acabamos de decir lo tenemos al alcance de la mano si viajamos a Italia. El italiano es un idioma poco hablado en el mundo y la explicación es muy sencilla: ¡no les hace falta utilizarlo!
Los italianos gesticulan tanto que se les entiende en cualquier parte del mundo sin necesidad de que abran la boca.

Ha llegado el momento perfecto para hacer referencia a un reportaje multimedia (When Italians Chat…) que apareció en el New York Times en Junio de 2013 en el que se comentan los gestos que hacen los italianos cuando hablan, aquí van algunos de ellos



Che cosa fai? ¿Qué haces?


Une las puntas de los dedos de tu mano derecha y apunta con ellos hacia arriba. Mueve la mano en forma ascendente y descendente. Este gesto popularmente llamado “la pigna” es uno de los clásicos del italiano.


Chi se ne frega! ¡A quien le importa!


Extiende tu dedo índice y corazón juntos. Apoya los dedos en el inicio del cuello con la palma de la mano mirando hacia tu garganta. Roza la parte de abajo de la mandíbula inferior “rascando” con las uñas de esos dedos hacia adelante.


¡Straordinario!


Levanta la mano dejando el codo doblado en un ángulo de 90 grados. Separa delicadamente los dedos formando una espiral con ellos, como si estuvieras sosteniendo algo frágil o a punto de cambiar una bombilla gigante sobre tu cabeza. Haz girar la muñeca mientras pones los ojos en blanco.


¿Sí o no?


Cierra tu mano y extiende el dedo índice y el pulgar en sentidos contrarios. Gira la muñeca y la mano como si estuvieras desenroscando una tuerca gigante. Puedes doblar ligeramente el dedo índice para darle mayor dramatismo a la frase.


Ho una fame da lupo! ¡Qué hambre tengo!


Extiende tu mano como si fueras un karateka a punto de destrozar una pila de tablas de madera. Concéntrate. Lleva tu mano hacia el estómago y golpéate con el canto del dedo índice (deberás doblar levemente el pulgar hacia abajo). Este gesto es inequívoco: es hora de comer


¡Che barba…! ¡Qué aburrimiento!


Ahora, con la mano extendida como en el gesto anterior, colócala con la palma hacia arriba. Mueve la mano de arriba a abajo desde la altura de la garganta hasta la mitad del pecho y repite 2 o 3 veces.


El autor del reportaje ha convertido al hombre en una marioneta y, utilizando la herramienta de la exageración y de la comparación, ha descrito a cámara lenta todos y cada uno de los movimientos necesarios para reproducir el gesto.


Las actitudes

La actitud frente a una situación determinada o ante los demás personajes puede dar origen a una sonrisa sobre todo si el momento es inesperado o repetitivo.
La sonrisa será aún mayor si, conociendo al personaje, dicha actitud es en realidad la más lógica que podría tener en esa determinada situación.

Aquí aparecen dos herramientas más, LO INESPERADO Y LA REPETICIÓN. Veamos unos ejemplos:
Una mujer frunce el ceño, cierra los ojos o patalea cuando alguien habla de futbol. Su actitud es la del enfado, odia ese deporte y no puede oír hablar de él. Pero a nadie le producirá risa porque en una mujer, esa reacción, es bastante normal.

Pero si lo hace un hombre que durante todo el año lleva puesta la bufanda del Barcelona, su actitud nos sorprende (lo inesperado). Eso puede llevarnos a sonreír si sabemos que el hombre nunca se quita dicha prenda y que la lleva puesta simplemente porque la armonía de azules y morados le ayuda a superar la negatividad de su carácter.

El asunto será aún más gracioso si el personaje considera el deporte una perdida de tiempo y solo acepta el ajedrez como pasatiempo. Si las personas que va conociendo a lo largo de la historia le hablan de futbol, por aquello de empezar con buen pie, y el protagonista repite la pataleta, estaremos usando la herramienta de la repetición. No hay que abusar de ella, con repetirla tres veces a lo largo de la novela será suficiente.


—El ejemplo es algo simplón.

—Ya, pero lo importante es que aclara el asunto ¿O no?

—¡Sí! Pero la pataleta no es la respuesta más lógica.

—¿Te parecería más lógico que el personaje cerrara los puños, mirara hacia el cielo y bufara como un rinoceronte cabreado?

—Tal vez.

—Vale, antes de colgar el artículo prometo cambiarlo.


Ya hemos dicho que ciertos gestos definen a un personaje pero no debemos olvidar que también hay gestos comunes para cada tipo de personaje y si queremos que la figura parezca real no debemos de olvidarlos en ningún momento.

Una vez establecida la figura con su punto de enfoque, sus particularidades físicas, sus defectos, sus virtudes y sus gestos particulares debemos de tener claros los gestos comunes de ese tipo de personaje. Un vago no se levanta de la cama de la misma forma que lo hace un hiperactivo o un goloso no come del mismo modo que un inapetente o un tímido no habla como un prepotente.

Crear un personaje es como dar vida a un muñeco y debemos saber cómo reaccionará frente a lo cotidiano.

Si el personaje pretende ser cómico, cuando su respuesta es la esperada, debemos de exagerarla al máximo:
El vago moverá los dedos de los pies después de la tercera vez que suena el despertador, mientras que el hiperactivo ya estará vestido y llevará tres segundos con el dedo en el aire, listo para parar la alarma en el momento en que suene.

Pero si esa mañana el vago tiene que levantarse para ver la carrera de Formula 1, cómodamente tendido en el sofá, dejará estupefacta a su mujer del brinco que pegará en la cama.


—Perdona, pero el vago no ve la carrera de Formula 1 en directo,
para ellos está el diferido.

—Veo que vas pillando bien el asunto…

—¿Estás en plan irónico o buscas una vía de escape?

—Ironía, Quién... ¿Yo? ¡Pero si aún no hemos llegado a esa parte!

—¡Ya!


Ejercicio: estudiar la respuesta de los personajes tipo que nos persiguen desde la primera entrada frente a acciones cotidianas, sin perder de vista el enfoque del personaje, y describir, a cámara lenta, todos los gestos.

Anotad en una columna la reacción esperada y en otra la contraria sin olvidar la exageración y recordando lo del número tres.

Para facilitar el trabajo podemos estudiar al mismo tiempo dos personajes opuestos, la reacción esperada de uno de ellos es la inesperada del otro, el vago y el hiperactivo, el avaro y el generoso, el gordo y el flaco…

Para encontrar acciones comunes podemos desmenuzar lo que solemos hacer en casa, en el trabajo y durante el tiempo de ocio (playa, monte, cine, restaurante…)

Y ya que estamos no estaría mal observarnos a nosotros mismos, nuestras propias acciones. Definiríamos así nuestras peculiaridades, nuestro personaje tipo, nuestro enfoque, nuestros gestos…en fin, nuestro lado cómico.


—Yo no tengo lado cómico.

—Eso ya lo sabía. Pero eso no significa que no seas
cómico para los demás…

El vago (el eterno parado) y el hiperactivo (el deportista)





—¡Ya tengo tu mote, tus defectos y tu enfoque!

—¿No has psicoanalizado tu parte cómica?

—Ya te he dicho que no tengo.

—Pues entonces eres un personaje ideal.

—¿Tengo que esconder la cajita de sentimientos?

—Probablemente.

La seriedad es una característica común a varios personajes tipo, puede expresar falta de alegría o actitud responsable en una situación particular o en todo momento.

Cuando esta característica es constante puede ser causada por timidez, introversión, pesimismo, baja autoestima, tristeza, nostalgia, dolor y amargura. En este caso, la seriedad puede ser punto de enfoque interesante para un personaje.

Puede ser externa, aparente, puede que esconda a una persona con sentido del humor. En este caso, el humor suele ser irónico y sarcástico (Doctor House) o puede abarcar el universo completo como en el caso de los personajes que encarna Clint Eastwood.

Serio no significa ni insensible ni frío, los sentimientos están ahí pero no se exteriorizan.
Serio no significa que no disfrute del humor, simplemente no lo demuestra con la risa.
Serio significa que no dejará que las cosas fluyan, no se prestará a novedades ni a excentricidades.
Seriedad = herramienta contra la vulnerabilidad


—¡Claro que disfruto del humor, si no, no estaría aquí! Lo que
ocurre es que solo me gusta el humor bien planteado.

—Bueno, creo que en eso también estamos de acuerdo los que
no somos tan serios como tú.
—Además lo de la vulnerabilidad es una chorrada y no estoy de
acuerdo con lo de la baja estima, las personas
serias nos distanciamos de los demás debido a la superficialidad
reinante en el mundo.

—¿Y no lo puedes hacer con una sonrisa?

—No, porque en ese caso me estaría riendo de los demás. ¡Qué vas
a saber tú sobre personas serias!
Todos opinan sobre lo que no conocen y así nos va.

—Entonces añadiremos a la lista que las personas serias se distancian
de los demás porque se sienten diferentes.

—No sé lo que opinan los demás pero en mi caso no es que me sienta
diferente, ¡es qué soy diferente!

—Ya veo, creo que en el eneagrama serías el personaje líder.

—De chorrada en chorrada… ¿Es que no puedes ser un poco más
seria ni por un momento?

—Es que abrazo plenamente la teoría del Play.

—No tienes remedio. A ver las majaderías que nos cuentas
en la próxima entrada.

—Te gustará, trataremos la apariencia del personaje y
hablaremos de Cantinflas.

—¿No podríamos hablar de Eugenio, el humorista catalán?

—Muy buen ejemplo de un personaje serio que esconde un gran
sentido del humor. Gracias por la aportación.

—¡Si no estuviese yo aquí no sé cómo acabaría esto! Ya me lo
puedes agradecer bien. Y el sarcasmo ¿para cuándo?

—Veo que tú tampoco tienes remedio, lo siento tendrás
que tener un poco más de paciencia.

domingo, 4 de junio de 2017

El Grajo conoce a la Juani




Sinopsis



Grajo conoce a Juani en medio de una trama más negra que el humero. Él, un detective cuya alarma es un bigote de conejo entre el marco y la puerta; ella, la dueña rumbosa y tremenda de un bar castizo que huele a canela. Ellos: Tortillas, Gato, Bolas, Leo Lanzador y el club de la calceta, unidos por el destino y la supervivencia en el Madrid de los años ochenta.
Tarántulas y dragones que guardan oscuros secretos. Un asesinato, persecuciones, bajos instintos, ternura y desbarajustes varios harán que no puedas dejar de leer y de reír. Después de conocerlos, será imposible que dejes de quererlos. Súmate al efecto Grajo.


Primer capítulo

El triste final del libro de derecho

¿Fanfarrón a mí? ¡Pero qué se habrá creído! El detective no puede evitar asomarse a la ventana y observar a la joven del abrigo verde.

¿Qué es eso?, se pregunta al notar un papel desconocido en el suelo. Se agacha y en el momento en que lo recoge, una bala impacta en el único libro de derecho de la estantería.

—¡Me cago en todos sus muertos! ¿Pero qué leches ha sucedido? —pregunta Grajo levantándose sobrecogido y, con los ojos puestos en el libro perforado, comenta—¡Por lo menos ahora tendré un motivo para tirarlo!

Un segundo disparo hace que se lance al suelo y se proteja la cabeza con las manos. Repta sobre los codos mirando la ventana hecha añicos y abre la puerta. Sin pensárselo dos veces se levanta y sale a toda prisa.

—¡El bigote! —grita escaleras abajo y vuelve atrás.

Deja un bigote de conejo entre la puerta y el marco, y, al hacerlo, se da cuenta de que ya le quedan pocos, tendrá que conseguir más.

Elige la salida trasera y no vuelve a parar hasta sentirse en lugar seguro.

—Tengo que tranquilizarme —dice el detective apoyándose contra un muro— ¡Pero qué demonios ha sucedido!

Se palpa brazos y piernas por instinto y en el bolsillo del pantalón nota el papel que le ha salvado la vida. Lo saca, lo lee y sonríe. Se da cuenta de que necesita un café para aclararse las ideas.

Media hora antes.

¡Son casi las nueve, aún me duele la cabeza y tengo la boca empastada!, piensa el detective mientras sube los escalones de dos en dos, ¡la acidez de estómago me va a matar un día de estos!

Al lado de la puerta, una joven le espera golpeando el suelo con el pie. Permanece apoyada en una escuálida pared y está envuelta en un abrigo verde que le queda demasiado ancho. A su lado, en una placa borrosa, se puede leer Detectives El Grajo.

—¡Ya puedes entrar, nena! —dice Grajo abriendo la puerta.

La muchacha duda y arruga la nariz, el olor a tabaco rancio que sale en oleadas le da ganas de vomitar.

—¿Pasas o te quedas sujetando el muro? —pregunta el detective dejando caer el sombrero sobre una pajarera vacía.

La muchacha entra al ver que el detective ha abierto la ventana.

—¿Y esa jaula? —pregunta.

—Está vacía. ¿Tienes dinero, pequeña?

—¡Cuando salgo nunca voy sin dinero por lo que pueda pasar! —contesta la mujer tras unos segundos de titubeo—. ¿Está siempre vacía?

— Sí, me la regalaron con un grajo dentro pero lo solté para que se ganara la vida por sí mismo —contesta el detective dejándose caer en una silla— No me importa si llevas dinero encima, lo que quiero saber es si tienes dinero para pagar mis servicios.

—¡Claro que tengo! ¿Por quién me tomas?

¡De acuerdo, es más joven que Raquel!, piensa el detective mirando a la mujer de arriba abajo sin importarle que eso pudiera molestarla, tendrá apenas unos treinta tacos, y tiene más curvas, ¡pero en cuanto a lo demás mi Raquel le da mil vueltas! ¡Y ese pelo embarullado! Y ese abrigo pulgoso, y ese bolso… ¡¿es que a nadie se le ha ocurrido pegar fuego a ese bolso?!

La mujer despeja una silla llena de carpetas y se sienta.

—¡Tú dirás!, querida —dice Grajo mientras coloca sus manos huesudas detrás de la cabeza.

—Quiero que vigiles a mi marido.

Desde la calle llegan voces de una trifulca, Grajo aparta los archivadores y se asoma a la ventana. Cuando considera que la joven ha esperado bastante, vuelve a la silla.

—¿Te engaña con una nena de infarto? Es eso, ¿verdad?

—Nada de eso, he descubierto que mi Pepe intenta matar a alguien —contesta con naturalidad.

—¡Vaya! ¿Y por qué no has acudido a la policía?

—Simplemente he considerado más apropiado venir aquí.

—¿Y qué crees que podría hacer yo, mejor que la policía?

—¡Está muy claro! evitar que eso suceda —Y observa sus uñas recién esmaltadas de rojo sangre.

—¿Cómo lo has descubierto?

—Le he oído hablar por teléfono.

—¡Ya! —dice Grajo cogiendo un lápiz—. La verdad, nena, no sé si creerte, me parece que solo quieres llamar la atención. A ver… ¿Cuál crees que sería el móvil del asesinato?

—No lo sé, quizás… ¿por ser un gran fanfarrón?

—Bueno, ¡por lo menos nadie le va a echar de menos!

—¡Yo desde luego que no! ¿Tienes familia?

—¡¿Qué si tengo familia?!

—Sí. A lo mejor tus parientes te echarán en falta cuando estés criando malvas, aunque solo sea porque no queda nadie para sacar al perro.

—Pero… ¡¿cómo te atreves a hablarme de esa manera?! —pregunta Grajo partiendo el lápiz en dos—. ¿Quién te has creído que soy para dirigirte a mí con esas palabras?

—Mira, déjalo…—la mujer le sostiene la mirada y se abrocha el abrigo. Se dirige a la ventana dejando caer entre sus pies un papel doblado—. ¡Parece que se ha acabado la fiesta! —dice mirando a la calle.

—¡Te he preguntado si sabes quién soy! —insiste Grajo ya fuera de sí.

—¡Un idiota más! —contesta la mujer agarrando el bolso que había dejado sobre la mesa y dirigiéndose hacia la salida.

—¡Ese bolso no te pega nada!… nena —replica Grajo a voz en grito.

El encuentro

El papel que le había salvado la vida conduce a Grajo hasta la calle de la Malavida, número 13, lugar en el cual abre sus puertas el bar Juani.

Tras las mesas desgastadas, el mostrador de mármol blanco ha perdido todo su brillo y una pizarra avisa de que hoy no se fía y mañana tal vez.

Juani, pasando bayeta, observa el avance del detective: No hay duda de que parece todo un grajo: patilargo, flacucho, engreído y vestido de negro. ¡A estos me los meriendo yo al ajillo!

— ¿Sigues vivo, don Juan? —pregunta sin levantar la mirada.

—¡Si me vuelves a llamar don Juan o fanfarrón, vas a pasar el resto de la vida girando como una peonza, nena!

—¡No te molestes en darme las gracias, pajarraco! Y que sepas… ¡que si te atreves a ponerme la mano encima serviré criadillas de aperitivo esta mañana!—Y levantando por fin la cabeza para enfilar esos ojos negros remata— ¿te queda claro, nene?

—¿Dónde está tu marido?

—No tengo ni la menor idea.

—¿Cómo se llama el pajarito?

—Qué más te da… ¡si no lo conoces de nada!

—No te he preguntado si le conozco, solo quiero saber su nombre.

—Te daré esa información, si quiero o si puedo.

—Bueno ¡Vale ya! Me acaban de disparar, dos veces.

—¿No me digas? — dice ella con retranca.

—Apiádate de mí, nena —Grajo cambia el tono para intentar convencerla, sabe que a veces funciona.

—A mí no me vas a torear —le dice ella con dedo acusador—, pero me das pena.

—¡Estoy...!—se arranca el Grajo.

— En… ¡cuidadito, con cómo estás! —dice Juani mientras coge dos vasos de tubo, sonriendo—. ¿Una cervecita para calmar los ánimos?

Grajo acepta la tregua y se apoya en el mostrador.

Mientras la mujer llena los vasos, un joven musculoso entra en el bar en manga corta y toma posición en la barra, marcando bíceps.

—¡Eso es toda fachada! —comenta el detective en voz baja— en los gimnasios se llenan de hormonas y al final les salen tetas.

— ¿Tienes dinero?

—¡No puedo creerlo!, nena… ¿te has propuesto fastidiarme o has decidido acabar en el depósito de cadáveres?

—¡A tú salud! ¡Y nunca mejor dicho! Por cierto, creo que aún no me he presentado, soy Juani. —Y levanta su tubo.

La mujer atiende al cliente y luego se acerca a Grajo para hablar en voz baja.

—Mi Pepe es un manitas, hace reformas y nunca sé exactamente donde está.

—¿Es un albañil?

—Albañil, fontanero, electricista…

—Ya entiendo, ¡chapuzas a domicilio!

—¡Llámalo como quieras! Lo importante es que siempre tiene dinero. Para serte sincera, en los últimos tiempos está un poco raro, ya no es el mismo. Nunca ha sido un finolis pero ahora me lo han cambiao, le veo con flipaos y navajeros.

—¡Mira nena! No he venido aquí a compadecerte aunque te voy a dar un consejo y de gratis: busca un bar en una calle que tenga otro nombre y quizás todo empiece a rodar. ¡Y ahora a lo nuestro… que tu marido ha intentado matarme!

—¡Te avisé! o por lo menos intenté hacerlo, si no fueras tan…

— ¡No empecemos otra vez!

Juani se muerde el labio y levanta los hombros con cara inocente, después empieza a hablar.

—La otra noche mi Pepe, que por cierto no es mi marido pero no se te ocurra contarlo, creyó que yo estaba dormida. Habló por teléfono, apuntó tu dirección y aseguró al tipejo que no pasarías de hoy. Por eso esta mañana he venido a avisarte, pero visto que no te importaba…

— ¡Juani! ¿Vas a cerrar de una vez la bocaza esa que tienes? ¿Quién era el tipejo?

—Eh, ¡sin faltar o te saco de aquí a patadas! —contesta con las manos en la cintura— ¡No tengo ni idea! ¡A ver si te crees que no tengo otra cosa que hacer que espiar a mi hombre! Para eso estás tú, ¿o no?

—¿Dónde crees que puedo encontrar ahora a tú Pepe, querida?

—Tampoco lo sé, ¡no soy detective! Por la noche él es el que echa el cierre del bar, ¡si te sirve de algo saberlo!

—¡Me sirve! Y ahora la pregunta del millón: ¿Por qué has venido a avisarme?

— Tengo muchos defectos, pero soy legal. Y no quisiera mancharme las manos de sangre. ¿Te basta?

—¡Me basta! —contesta el detective dejando en la barra un billete de 100 pesetas—. ¡Cómprate otro bolso, muñeca! esta mañana parecías una furcia barata —Grajo lo dice de corrido y sale espantado del bar con miedo a que ella le tire una botella.